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RESEÑA: Noche de Reyes, Teatro de Richmond ✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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Michael Benz como Sebastian en Noche de Reyes. Foto: Mark Douet Noche de Reyes
English Touring Theatre
Richmond Theatre (de gira)
19 de noviembre de 2014
3 estrellas
En el mismo corazón de la obra maestra de la comedia romántica de Shakespeare, Noche de Reyes, están las ideas del travestismo y la confusión de identidades. Tras naufragar y quedar separada de su hermano gemelo, Viola adopta apariencia masculina y consigue un puesto en la corte del conde Orsino, donde se hace llamar Cesario. El conde se siente extrañamente atraído por Cesario sin saber que, en realidad, es una mujer. El enredo se complica aún más con la tarea que Orsino le encarga a Cesario: cortejar a Lady Olivia en su nombre. Cesario resulta ser un fracaso absoluto en ese cometido, pero Olivia sí se enamora de un pretendiente: Cesario. Así que una mujer disfrazada de hombre es perseguida con ardor por una mujer que cree que es un hombre, mientras otro hombre, que también cree que es un hombre, se enamora de ese “hombre”. Travestismo y una buena dosis de hilaridad.
En la producción de Noche de Reyes de Jonathan Munby, ahora en el Richmond Theatre como parte de su gira por el Reino Unido (una coproducción entre Sheffield Theatres y English Touring Theatre), hay un énfasis rotundo en el “trans-” de transvestirse. Tanto Viola/Cesario como Olivia pasan una cantidad desmesurada de tiempo gritando, vociferando, gruñendo, hablando a voz en cuello. No queda claro por qué. Y tampoco se entiende bien lo que dicen, o el sentido de las palabras se pierde en ese volumen.
Dicho esto, Munby parece tener una visión clara para esta propuesta: subrayar los aspectos melancólicos de la obra, hacerla más reflexiva y, quizá, mirar a algunos personajes desde un ángulo distinto.
Feste se convierte en una especie de narrador. Entra en el escenario a oscuras desde el patio de butacas y, con la guitarra en la mano, encuentra su lugar bajo la luz y comienza a cantar una melodía muy plañidera. El resto del reparto aparece detrás, casi como si él los hubiera invocado, y se forma un tableau efectivo que promete intriga. Entonces empieza la función.
Orsino (Jake Fairbrother) sufre claramente cuando lo vemos por primera vez, quizá incluso un poco desequilibrado. Se arranca la camisa y sale a ponerse bajo la lluvia. Munby lo establece así, con eficacia, como mínimo enfermo de amor y tal vez trastornado. Continúa esa línea con un recorrido extraño, casi juguetón y sin duda idiosincrásico, por la célebre escena de «If music be the food of love», y luego, de manera bastante inexplicable, intenta besar a Cesario en la primera escena en la que el público los ve juntos, justo cuando Orsino encarga a Cesario la misión de cortejar a Olivia.
Está claro, entonces, que Orsino está confundido. Pero no del modo habitual, en el que a lo largo de la obra va dándose cuenta poco a poco de que se enamora profundamente del muchacho que le sirve. No. Aquí su confusión, su imprevisibilidad, viene cargada desde el inicio. Y no hace más que dar vueltas en esa confusión hasta que, finalmente, toma a Cesario —el chico al que ama— por esposa. Da la sensación de que el matrimonio no será feliz, entre otras cosas porque Olivia, aunque para entonces ya está casada con Sebastian, no parece capaz de apartar las manos de Viola, la mujer a la que amó creyendo que era un hombre.
El camino de Sebastian también es muy distinto a la forma habitual de contar la historia. Al principio resultó extraño que el Sebastian de Michael Benz besara al Antonio de Ross Walton con tanta vehemencia en la primera escena en la que los vemos juntos. Antonio prolongaba el beso, quería que durase más, pero fue Sebastian quien frunció los labios primero, y sin arrepentimiento. La recompensa de ese gesto —que tarda en llegar— aparece en el segundo acto, con la dolorosa despedida final de la pareja: Benz coloca anhelo, disculpa y culpa en esa mirada de separación y en el momento en que Sebastian se queda a solas para considerar lo que ha hecho: casarse con Olivia y romperle el corazón a Antonio.
Así, del mismo modo que Olivia abandona sus votos de castidad por Cesario, Sebastian abandona su amor por Antonio por Olivia. En el acto final hay un momento en el que Orsino confunde a Sebastian con Viola, y fue difícil no preguntarse si, en vez de la risa habitual por el equívoco, se quedaría con Sebastian (al fin y al cabo, se enamoró de un chico) y dejaría que Olivia se quedara con Viola, a quien tan claramente parece preferir.
Lo más desconcertante de esta producción es que la parte de la narración que suele ser melancólica queda aquí prácticamente despojada de ese sentimiento: la triste historia del estirado y pretencioso Malvolio, cruelmente engañado y luego encarcelado por sir Toby Belch y su pandilla, no tiene aquí ni un atisbo de tragedia. Tampoco resulta especialmente graciosa, pero los puntos en los que podrían tocarse las fibras sensibles se saltan de manera curiosa.
Feste enfatiza el aspecto de payaso triste de su personaje durante toda la función, hasta tal punto que, si hubiera arrancado con el «Vesti la giubba» de Puccini, no habría desentonado. El verdadero payaso aquí es sir Andrew Aguecheek, aunque Maria también aporta buen apoyo en ese terreno. Sir Toby parece perdido en una bruma de bilis, alcohol y una interpretación excesiva y gruñona que ofrece pocas carcajadas.
Y, de nuevo, eso provoca que se pierda otro de los momentos melancólicos habituales de la obra: el punto en el que sir Toby se vuelve contra sir Andrew con veneno. En su lugar, Munby ofrece, contra el momento final de juglaría melancólica de Feste, la imagen de un sir Andrew resignado, con las maletas hechas y marchándose a casa, y otra de sir Toby y su nueva esposa, Maria, abandonando la finca de Olivia rumbo a lo que sea que les depare la vida conyugal, dicha o lo contrario.
Así, al final de esta propuesta, tienes a dos hombres aparentemente/posiblemente/probablemente gais (uno de los cuales podría estar loco) casados con dos mujeres, una de las cuales desea a la otra mujer casada; tres hombres destrozados; una pareja casada con muchas papeletas para ser infeliz; y un bufón que podría estar canalizando a un Rufus Wainwright en su versión más oscura. No es el final triunfal habitual de Noche de Reyes.
Pero también hay algo más que no suele estar tan presente: un foco en el lado trágico del amor. Orsino, Olivia y Malvolio quedan, como mínimo, fuera de sí —o al borde de la locura— por acontecimientos inesperados que golpean el núcleo de su naturaleza: Malvolio, por una carta que cree que Olivia ha escrito para él; Olivia, por la mujer seductora disfrazada de joven que le enseña cosas sobre sí misma; Orsino, por esa misma mujer seductora disfrazada de joven, por la misma razón. De hecho, Sebastian también parece un poco desbocado tras su unión con Olivia, quizá como reflejo de una toma de conciencia: que Antonio, al fin y al cabo, no era para él. El amor, o la posibilidad de él, transforma a cada uno de manera fundamental.
Hay otro énfasis aquí también: otro trío castigado por el amor. Antonio (por su amor y su confianza en Sebastian), sir Andrew (por su amor —aunque platónico— y su confianza en sir Toby) y Malvolio (por su amor por Olivia y su convicción de que ella lo quiere).
El título alternativo de Noche de Reyes es Lo que queráis y, por encima de todo, esa parece ser la inspiración de Munby. Con auténtica determinación, ha encontrado una manera nueva de abordar el texto; ha enfatizado deliberadamente aspectos distintos de la historia para cambiar de raíz la experiencia. No es una noche alegre en el teatro y, aunque parte de la interpretación y del decir el verso es lamentable, hay mucho en lo que pensar y sobre lo que reflexionar. Desde luego, los primerizos del público a mi alrededor parecían disfrutar del espectáculo, de las elaboradas imágenes escénicas (hay un motivo recurrente de pétalos de rosa rojos que estallan desde lugares insospechados) y de la atmósfera más oscura y sombría. ¿Quizá era de esperar en tiempos en que The Walking Dead y The Fall son series de televisión de éxito?
Milo Twomey está en plena forma como sir Andrew: un alma alta, desgarbada y desdichada, con ropa ridícula, una necesidad desesperada de caer bien y una alegría casi infantil ante las travesuras. Twomey construye el personaje con facilidad y solidez, y exprime cada situación para arrancar risas decentes. Fue la brújula cómica aquí.
Como Sebastian, Michael Benz combina una comprensión clara del verso con una caracterización robusta y completa, ofreciendo el giro dramático de la noche. Cálido, sexy y descolocado, este Sebastian tiene una naturaleza dual que refleja su condición de gemelo de Viola. La expresión de frenesí/entusiasmo salvaje y recién descubierto en el rostro de Benz después de acostarse con Olivia es elocuente y convincente, y anticipa de manera limpia y precisa el momento inquietante en que destrozará el corazón de Antonio. Una nueva lectura de Sebastian, pero meditada y eficaz.
Es un placer escuchar al melifluo Malvolio de Hugh Ross: cada palabra es clara y tratada con mimo. Pero el personaje resulta demasiado simpático al inicio, lo que dificulta mucho entender la saña con la que los demás se vuelven contra él. Malvolio necesita presentarse como malicioso y ruin, al menos desde la perspectiva de sir Toby, Maria y Fabian. Ross no consigue ni siquiera una altivez indiferente, así que nunca llega el disfrute que debería aportar la escena del seto de boj y la de las ligas cruzadas. Y tampoco aparece la sensación de injusticia cuando lo encierran.
Jake Fairbrother compone un Orsino apuesto, con ojos desorbitados y las facultades perdidas. Tiene una voz rica y lujosa que podría haberse aprovechado mucho mejor, explorando con más delicadeza y brillo los aspectos líricos del verso, pero desde luego aporta el conde fuera de control que Munby necesita. Ross Walton hace un Antonio excelente y apasionado y, de forma poco habitual, consigue que sea un personaje completo y redondo, además de ser el que peor tratado sale en esta versión.
Hay aspectos de las interpretaciones de David Fielder (sir Toby) y Brian Protheroe (Feste) que resultan disfrutables e inteligentes, pero ninguno termina de funcionar como conjunto. Feste está concebido aquí como una criatura muy musical, pero Protheroe es más actor que cantante; de haber sido al revés, este Feste podría haber sido algo verdaderamente especial. Fielder se come, arrastra o mastica gran parte del texto, como un enorme enano borracho de otra época y lugar, llevando la incomprensibilidad como un sudario. Está en su mejor momento con el sir Andrew de Twomey y en sus escenas con la Maria de Dona Croll, de disfrute irregular.
Jonathan Christie brilla como Valentine y el Segundo Oficial: concentrado, gran uso de la voz y comprensión del texto; una interpretación nítida y segura. Christopher Chilton y Colm Gormley hacen un buen trabajo como el Capitán de Mar/Sacerdote y Fabian, respectivamente.
Shakespeare escribió tanto a Olivia como a Viola/Cesario como regalos en forma de papel y, en las manos adecuadas, pueden ser los grandes lucimientos de Noche de Reyes. Aquí, no. Rebecca Johnson parece creer que Olivia es Katherine de La fierecilla domada y Rose Reynolds prefiere una insistencia estridente al matiz de una mujer interpretando a un hombre y todo lo que eso implica. Pero deben de ser las interpretaciones que Munby quiere de sus protagonistas, por sorprendente que resulte.
La escenografía de la finca, desvaída, de Colin Richmond evoca El jardín de los cerezos y apoya la idea general de melancolía. Hay algunos recursos ingeniosos —especialmente acertada es la manera en que el armario se convierte en la solitaria prisión de Malvolio—. El motivo de los pétalos de rosa no es tan integral al diseño global como para parecer inspirado, pero sí añade algo de color (y un concepto tradicional para representar el romance) a la propuesta. Sus elecciones de vestuario son excelentes. Chris Davey ilumina todo con inteligencia y solvencia, aunque de forma algo previsible, y la música de Grant Olding ayuda a lograr y sostener el tono reflexivo, depresivo y contemplativo de la pieza.
Bastantes cosas de lo que sucede aquí chirrían —un caso de chirrido impuesto—, pero eso es solo parte del cuadro. Es una lectura intrigante y no del todo lograda de Noche de Reyes de Shakespeare. Sustituir la alegría por la tristeza parece, al principio, una elección sorprendente, pero hay suficiente justificación textual para ese enfoque. Munby, desde luego, ha estampado con firmeza su visión de dirección sobre los personajes e historias de Shakespeare y, aunque quizá no provoque tantas risas como otras producciones de esta obra, su trabajo sí despierta respuestas y reflexiones singulares.
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