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NOTICIAS

RESEÑA: Violence and Son, Jerwood Theatre Upstairs ✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Violence And Son

Jerwood Theatre Upstairs

8 de junio de 2015

4 estrellas

El Royal Court no ha tenido la mejor racha últimamente, así que reconforta poder contar que, en esta nueva obra de Gary Owen, tienen un texto realmente sólido en una puesta en escena memorable, plenamente alineada con las tradiciones radicales y deliberadamente incómodas de este teatro. La acción resulta desconcertante e incómoda de ver por momentos y, hasta su desenlace, es del todo convincente. El reparto está excelente de forma unánime y los valores de producción están totalmente en sintonía con los objetivos y las ambiciones del autor. En conjunto, el equipo creativo ha hecho un gran trabajo al traernos esta obra sustanciosa (más de 100 páginas en el texto impreso) en un montaje que ni por un momento decae ni deja de provocar y entretener.

La función está planteada en formato arena en el Jerwood Upstairs. Nos encontramos en el salón cansado y algo destartalado de una casa en los valles del sur de Gales. Empezamos con una secuencia de fantasía de ‘Dr Who’, en la que el racimo de tubos fluorescentes sobre el escenario desciende para convertirse en la consola de la TARDIS y Liam (David Moorst) entra para dirigir la acción vestido como el Doctor de Matt Smith. Le siguen interludios similares con destornilladores sónicos y sables de luz para acompañar los cambios de escena. No son meramente —ni principalmente— decorativos o distractores. Al contrario, establecen uno de los temas clave de esta obra de múltiples capas: la necesidad de Liam de encontrar un ámbito de su vida en el que, aunque solo sea por un instante, pueda sentir que controla su destino, como sujeto y no como objeto. Es un personaje para quien la impotencia es la norma, y cuyo reto consiste en hallar tanto formas de supervivencia como de autoafirmación. El recorrido de la obra se traza a través de las maneras rivales en que los demás personajes le ofrecen sugerencias y tentaciones para alcanzar esos objetivos, al tiempo que también le ponen obstáculos.

Liam es el hijo de diecisiete años de Rick (Jason Hughes), un padre juerguista cuya personalidad queda resumida por su apodo ‘Violence’, abreviado, con cariño o no, a ‘Vile’. Liam se crio con su madre en el norte de Inglaterra y recientemente ha tenido que volver con su padre a Gales tras la muerte de su madre por cáncer, para tener una especie de base mientras termina sus A-levels. No tiene otra opción.

Responde a esta situación en parte con una aceptación muda del ambiente intimidatorio de casa y en parte a través del escapismo, como vestirse de Matt Smith con todo y fez. Rick, mientras tanto, se ha instalado en una rutina estable de bebida y puterío, con estallidos de agresividad desmedida que pueden surgir de forma inesperada. Es una presencia sombría, al principio de pocas palabras, suavizada en cierta medida por la presencia de su novia habitual Suze (Siwan Morris), que comparte su gusto por el alcohol y las noches de juerga. A este entorno doméstico llega Jen (Morfydd Clark), una amiga de Liam con la que acaba de asistir a una convención de fans de ‘Dr Who’. La acción se desarrolla sin interrupciones a lo largo de una noche, cuando Jen no consigue un taxi para volver a casa y tiene que quedarse a dormir.

Por supuesto, no faltan obras magníficas y desgarradoras que exploran el tema de la violencia doméstica, sus causas, motivaciones y consecuencias para todos los implicados. Esta, sin embargo, destaca en tres aspectos distintos.

En primer lugar, es notablemente ecuánime en su presentación de los problemas y los conflictos. Sin intentar nunca ofrecer excusas ni atenuantes para los actos de violencia física y sexual, Gary Owen es hábil al señalar cómo los personajes se encienden unos a otros, a veces deliberadamente, para provocar una reacción que saben que probablemente acabará mal. Esto se aplica a todas las relaciones implicadas: Liam detesta a su padre pero, desesperadamente, quiere que le preste atención y ganarse su respeto; Suze ansía la atención de Rick y llegará a extremos mutuamente destructivos para conseguirla; y Jen se presenta ante Liam como amiga y como algo más que una amiga, de un modo que deja tanto a él como al público confundidos sobre sus verdaderas intenciones.

En segundo lugar, la escritura muestra una habilidad poco común para ilustrar cómo todos los personajes interactúan de forma tan dañina entre sí porque, en realidad, cada uno opera dentro de su propia burbuja y no se relaciona imaginativamente con los demás en absoluto. Esto es especialmente cierto en el caso de Rick/Vile, que no puede pensar más allá de una vida de bebida diaria, conquistas sexuales fáciles y reacciones violentas ante la frustración, que han sido los temas de su existencia. Uno de los puntos que la obra repite una y otra vez —quizá de manera demasiado didáctica hacia el final— es que negarse a escuchar o incluso a darse cuenta de los demás conduce inexorablemente a la imposición a golpes, tanto de opiniones como de puños.

Por último, es muy importante subrayar que esta obra no es, ni mucho menos, todo oscuridad y pesimismo. Hay un contrapunto de humor socarrón e inventiva procaz que discurre en paralelo a la amenaza ominosa de la violencia y que sirve para hacer a todos los personajes simpáticos en distintos momentos. Esto se aplica incluso a Vile, que posee una agudeza autóctona, incisiva y satírica cuando está lo bastante sobrio como para usarla.

Las interpretaciones son extraordinariamente buenas por parte de los cuatro intérpretes, y la dirección es fluida y sin afectación, aprovechando al máximo el pequeño espacio disponible. Moorst es excelente al transmitir la torpeza friki de Liam, su duelo persistente por su madre y su mezcla totalmente confusa e inestable, ese hervor continuo de emociones respecto a su padre.

Hughes merodea por el escenario con una intensidad contenida que sientes que podría estallar en violencia en cualquier momento. Morris aprovecha plenamente las oportunidades que ofrece un personaje con algunos aspectos poco desarrollados, y Clark ofrece un retrato matizado y detallado de un personaje cuyas verdaderas intenciones siguen siendo un enigma y una fuente de confusión, incluso para ella misma.

Entonces, ¿por qué no rematar con una estrella más esta admirable producción? Simplemente porque, tras tanto trabajo fino en la construcción sutil de personajes y situación, el final resulta brusco y no se integra con facilidad con lo anterior. En particular, parece haber una desconexión entre la penúltima escena, en la que Liam desmonta de forma convincente y perspicaz lo poco que Jen sabe en realidad sobre el amor y la vida, y lo que viene después, que arrastra a los personajes hacia direcciones que chocan con todas las tendencias previas.

Dicho de otro modo, queda una tensión sin resolver entre el desarrollo coherente y reflexivo del carácter y la necesidad de añadir aún más giros a la trama. Para mí, el final es simplemente un bandazo de más que no ayuda ni al argumento ni al drama.

Violence and Son se representa en el Royal Court (Jerwood Theatre Upstairs) hasta el 11 de julio de 2015

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