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RESEÑA: Estamos orgullosos de presentar, Bush Theatre ✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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Nos enorgullece presentar
Bush Theatre
24 de marzo de 2014
3 estrellas
Actualmente en cartel en el Bush Theatre está el estreno en el Reino Unido (dirige Gbolahan Obisesan) de la obra de Jackie Sibbles Drury We Are Proud To Present A Presentation About The Herero Of Namibia, Formerly Known As Southwest Africa, From The German Sudwestafrika, between the years 1884 - 1915.
Sí, ese es el título completo. Y, de forma evocadora, convoca la idea de un teatro político alimentado por la ira y la indignación ante un periodo de historia relativamente reciente, marcado por la persecución, la sangre y la injusticia. Al entrar en el auditorio a través de la sala de ensayos, casi se puede oler a estudiantes de teatro sin lavar que, con fervor y un puntito de rabia, han armado esta pieza de arte performativo de protesta.
Pero, en realidad, la obra no es así en absoluto.
Arranca como una especie de conferencia: se presenta al público a los seis intérpretes, que asumirán multitud de papeles, y se ofrece una panorámica del casi genocidio del pueblo herero. Así, el vínculo entre público y actores se establece enseguida, y queda preparado el terreno para una velada estimulante de drama episódico tradicionalmente no tradicional que recorre un fragmento de historia bochornosa y atroz.
Pero, en realidad, la obra no es así en absoluto.
Porque, en el fondo, la pieza se plantea preguntas serias: ¿cómo entendemos la historia? ¿Cómo nos relacionamos con personas asesinadas hace un siglo? ¿Cómo se puede interpretar fielmente a esos personajes? ¿Cómo pueden los intérpretes de hoy encarnar a personajes desconocidos del pasado? ¿Deberían? ¿Es el sentimiento más importante que cualquier otra cosa al interpretar? ¿Pueden las personas blancas interpretar a personas negras? ¿Es apropiada la noción moderna y estereotipada de los acentos si se están contando historias reales? ¿Existe una diferencia real entre los comportamientos en cualquier guerra? ¿Es el realismo mejor que la realidad? ¿Dónde está la línea entre el arte y la historia? ¿Por qué algunos actores son unos engreídos insufribles, creyéndose el ombligo del mundo?
Dicho así, parece que daría para una velada de perorata didáctica y tediosa, con personajes pretenciosos soltando tópicos y grandes verdades.
Pero, en realidad, la obra no es así en absoluto.
A través de una serie de escenas contundentes —algunas muy divertidas, otras francamente devastadoras—, la compañía explora estos temas de formas nada obvias, rompe las convenciones del drama tradicional y desafía al público a enfrentarse de verdad a la dureza de lo que está sobre la mesa.
Parte de la interpretación asombra por su sutileza e intensidad. Joshua Hill, en su debut en el escenario, está sencillamente soberbio como Another White Man, el típico actor joven, guapo y chulito (hay momentos de un ingenio y una perspicacia maravillosos del tipo “yo soy mejor actor que tú” en sus interacciones con Black Man), y hace dos cosas realmente impresionantes: en un momento interpreta a una abuela africana (sin vestuario ni maquillaje: solo él) y no hay caricatura, es intensamente real; en otro, relata la historia atroz del asesinato egoísta, por parte de su bisabuelo, de un compañero soldado negro, intentando así comprender los sentimientos de un soldado alemán que ha asesinado a un hombre herero que solo quería volver a casa. Todo lo que hace Hill es pulido, inteligente y con un estilo impecable. Es una estrella en ciernes.
Como Black Man, Kingsley Ben-Adir también está excelente. Es el actor intenso y sombrío, el que fue “muy exitoso en Alemania” (seduciendo a jóvenes fräuleins) y que siente pasión por encontrar el espíritu africano, pero también por la idea de que, por ser negro, entiende de forma natural mejor a los herero. Además, ofrece una interpretación matizada y de amplio registro, y genera algunos de los momentos más delicados y también los más duros de la pieza.
El resto del reparto está muy bien, aunque ninguno tiene realmente las oportunidades que el texto concede a Hill y a Ben-Adir. Ayesha Antoine está especialmente bien al comienzo, presentando con cierta torpeza al público el concepto, a los herero y a sus compañeros de escena. Es un placer verla y no pierde el foco en ningún momento. Kirsty Oswald, la White Woman, y Joseph Arkley, el White Man, abordan con solvencia una gama de personajes, igual que Isaac Ssebandeke, que tiene la difícil tarea de cerrar la obra en silencio y con una angustia muda.
Esto puede dar la impresión de que el propósito de la obra es, en el fondo, poner el foco en la destreza de los cinco intérpretes que dan vida a la visión de la dramaturga.
Pero, en realidad, la obra no es así en absoluto.
Hay mucha deconstrucción en marcha: el decorado, por llamarlo de algún modo, se hace añicos delante del público. La historia del genocidio herero se desarma y se muestra a través de distintos prismas: cartas que escribieron los soldados alemanes; los instintos de los actores sobre cómo se sentían los herero pese a la ausencia de pruebas de primera mano; el sentido de la historia; la dislocación del pasado; distintas formas en que los grupos pueden imponer su voluntad sobre individuos más débiles, o incluso más fuertes.
Planteado así suena a una porción de deconstrucción alemana… pero, en realidad, la obra no es así en absoluto.
Puedo decir sinceramente que nunca había visto una producción teatral como esta. Se siente anárquica, orgánica, ecléctica y chic, todo a la vez. Hay un ritmo en lo que sucede que resulta casi hipnótico. Te atrapan las escenas que los actores interpretan como números cerrados, pero a la vez te fascina el proceso de ensayar y dar forma a esas escenas. Hay humor, crueldad y honestidad en proporciones iguales.
Y cuando, al final, Black Man es ridiculizado y después linchado y colgado, es algo poderoso, absorbente y aterrador.
Y te deja dándole vueltas a lo que has visto y con sed de saber más sobre los intrincados detalles del genocidio herero.
En un momento especialmente culminante, una mujer del público sufrió un ictus leve y la función tuvo que detenerse durante unos treinta minutos mientras recibía atención médica y la trasladaban al hospital. Cuando los actores reanudaron, recuperaron el tono, la tensión y la verdad áspera de la escena que se había quebrado, como si no hubiera habido interrupción.
Mis respetos.
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