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RESEÑA: Una Noche Traviesa con Noel Coward, Old Red Lion ✭✭✭
Publicado en
Por
timhochstrasser
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Una noche traviesa con Noël Coward
08/08/15
Old Red Lion Theatre, Islington
3 estrellas
‘Nunca he tenido otra ambición que no fuera estar en el teatro. Aunque quizá en cirugía. Tal vez de médico. O de cirujano. He visto casi todas las operaciones importantes que existen; me encanta ver operaciones. Puede que tenga que ver con el hecho de que lo que más me fascina en la vida es la gente.’ – Noël Coward Hay tensiones en la escritura de Coward que lo convierten en un dramaturgo más complejo, menos inmediatamente acabado e impredecible de lo que su persona —inmaculadamente construida y sostenida— sugiere. De hecho, la figura de ‘El Maestro’ se diseñó, tanto como nada, para ocultar y disuadir la curiosidad sobre esas tensiones y sobre los detalles de su formación personal y artística. Si dejamos a un lado las primeras críticas de Cochran y Charlot, esa primera tanda de obras, desde Easy Virtue pasando por The Vortex y culminando en Design for Living, se leen como si Bernard Shaw hubiera tomado benzedrina. Tienen una cualidad implacablemente económica y forense que resulta a la vez alarmante e intoxicante. No tienes sensación de hasta dónde llegará la excavación de defectos y personalidad. El ingenio titubea al borde de la crueldad, los personajes se fragmentan hacia el colapso, y ninguna norma social queda sin escrutinio bajo esa mirada única, escéptica y brillante. Y entonces, al avanzar los años 20 hacia los 30, cambia el viento. Emerge con más fuerza el otro lado de Coward, el que acabaría llevándolo al Establishment como patriota y animador en tiempos de guerra, estrella de cabaré, personalidad de Hollywood, amigo de Churchill, de los Mountbatten y de la Reina Madre, y practicante de un pulido estilo art déco que da lugar a Present Laughter y Blithe Spirit y otras comedias ligeras, bien construidas, consumadamente elegantes pero nada amenazantes. Private Lives es el punto de giro en el que ambos lados de su personalidad teatral se muestran por igual, y después, al final de su carrera, justo al final, reaparece aquel Coward temprano y corrosivo, esta vez burlándose de sí mismo, en A Song at Twilight.
Por eso fue una elección acertada reunir dos obras en un acto que representan con tanta nitidez las dos caras del oficio de Coward, aunque también arriesgada, porque cada una exige estilos de interpretación muy distintos para funcionar igual de bien.
We Were Dancing es una de las diez piezas breves que forman la secuencia Tonight at 8.30, escritas originalmente como vehículos para que Coward y Gertrude Lawrence las interpretaran en distintas combinaciones. Es una de las crías más flojas de la camada y, para triunfar, depende de interpretaciones sólidas y con estilo en los papeles protagonistas que sostengan un planteamiento endeble. La acción se sitúa en un club de campo en una isla de los Mares del Sur, el tipo de lugar que evocan los relatos de Somerset Maugham. En un baile, una mujer casada, Louise (Lianne Harvey), se encapricha de Karl (James Sindall), un glamuroso viajante de comercio del sector naviero, y ambos proponen fugarse juntos, para escándalo convencional del marido, Hubert (John MacCormick), y de su hermana Clara (Beth Eyre); pero, cuando amanece, la magia del momento se desvanece y se dan cuenta de que no tienen nada en común.
No hay gran cosa que objetar al nivel técnico de este reparto de jóvenes recién graduados, pero para esta obra concreta tampoco hay mucho que resulte estilísticamente acertado. Para que esta frivolidad ligera funcione, hacen falta intérpretes que se acerquen a la mediana edad y que sepan evocar el miedo a envejecer y el deseo desesperado de vivir el instante que lo acompaña. Aquí no hay nada de eso en los protagonistas, y la fanfarronería de los representantes de la moral convencional tampoco resulta mucho más convincente. Los ‘estirados’ de Coward, como en Private Lives, merecen interpretaciones entregadas, porque, si no, no hay contraste del que los espíritus libres puedan apartarse con picardía e ingenio. Sindall es el único actor que capta el auténtico estilo Coward: encuentra la mezcla adecuada de distancia y precisión en el lenguaje y el ritmo, sin caer en la trampa de imitar directamente al propio Coward. Demuestra que, si se encuentra el carril correcto y se dicen los parlamentos de Coward con absoluta fidelidad al texto y al ritmo, se produce una alquimia repentina: el artificio empieza a sonar de lo más natural.
Pese a las recientes admoniciones de Stephen Sondheim, este es un punto que también se aplica a —y reivindica— la música de Coward. Tom Self, al piano, canta un par de las canciones más famosas a modo de obertura y, respectivamente, como interludio de cambio de escena. Por supuesto, las canciones son conscientemente brillantes o sentimentales, pero aun así pueden evocar el ambiente de forma maravillosa y funcionar dramáticamente en escena si se interpretan como ejercicios precisos de retórica escénica. A ‘Dance, Dance, Dance, Little Lady!’ le faltó el ataque obsesivo y el tempo más rápido necesarios para prepararnos para la primera obra; pero su versión de ‘The Party’s Over Now’ captó exactamente el tono de cansancio del mundo, lucidez y melancólica añoranza que nos deslizó hacia el territorio más oscuro de la segunda y The Better Half.
Esta obra es un redescubrimiento reciente. Representada una sola vez en 1922, se creyó perdida hasta 2007, cuando investigadores hallaron una copia en el archivo de la oficina del Lord Chamberlain. Es, de verdad, un hallazgo - un ejemplo clásico de la fase temprana y más emocionante de la escritura de Coward.
Lo que llama la atención de inmediato es la escritura despiadadamente depurada. El diálogo tiene una cualidad temeraria, sin freno, y una determinación de no dejar sin exponer ninguna capa de autoengaño ni mantener en pie ninguna ilusión complaciente y reconfortante. A veces se hace con auténtico ingenio, como en la observación de que, con demasiada frecuencia, ‘la comprensión y el perdón cuelgan por la casa como cansadas decoraciones navideñas’. Pero, en su mayor parte, se hace con una economía de medios extraordinaria: se entiende por qué, hacia el final de su vida en los años 60, tanto Orton como Pinter sentían un verdadero respeto por Coward, y él por ellos.
La obra es para tres. Alice (Tracey Pickup) está infeliz en su matrimonio con David (Stephen Fawkes), que comparte mucho más, en temperamento e intereses, con la mejor amiga de Alice, Marion (Beth Eyre). La acción transcurre en el dormitorio de Alice: un cambio de escena ingenioso, realizado por el propio reparto durante la música del interludio, y con un resultado de época detallado que acredita debidamente a Oliver Daukes (diseño) y Andrea Marsden (atrezzo/ambientación). Alice está aburrida de sí misma y de su matrimonio y percibe que su marido y su mejor amiga son demasiado elevados de miras como para iniciar una aventura. Intenta precipitar el cambio revelando que ella sí ha carecido de tales escrúpulos. La obra gira deliciosamente sobre la verdad o la ficción que hay tras esas afirmaciones y explota con brillantez cómo la moral tradicional consigue combinar el autoengaño con la autocomplacencia. El director, Jimmy Walters, acierta al imponer un ritmo furioso y hay mucho movimiento e interacción física, de corte naturalista más que estilizado. Esta vez, los jóvenes intérpretes están plenamente en sintonía con la escritura y aprovechan todas las magníficas oportunidades que les brinda el autor. La obra encarna la afirmación de Coward de que una pieza breve tiene ‘una gran ventaja sobre una larga: que puede sostener un estado de ánimo sin crujidos técnicos ni relleno excesivo’.
The Better Half merece un público mucho más amplio, y haría una pareja maravillosa con The Browning Version de Rattigan, que nunca ha encontrado realmente una obra compañera eficaz ni en Harlequinade ni en South Downs de David Hare. Ambas piezas desmontan ilusiones reconfortantes sobre la vida conyugal, pero con desenlaces muy distintos y un tono contrastado en la escritura: un excelente doble programa en potencia. Una última objeción: ‘A Naughty Night with Noel Coward’ es un título verdaderamente lamentable para esta velada teatral. Huele a morbo barato: el mundo de Frankie Howerd y las Carry On. Aunque Coward aseguraba escribir comedias ligeras, no escribía comedias vulgares ni obvias. Un título mejor, quizá, sería Duets for Three, dado que en ambos casos hay tres implicados cuando al final solo pueden quedar dos: motivo de risa, sin duda, pero también de ironía y patetismo.
En suma, es una velada teatral absorbente, con un alto nivel profesional en todos los apartados, pero en la que las verdaderas recompensas y la gran revelación llegan en la segunda parte.
Una noche traviesa con Noël Coward estará en cartel hasta el 29 de agosto de 2015.
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