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Reseña de Un Tranvía Llamado Deseo, National Theatre Home / Young Vic ✭✭✭✭
Publicado en
24 de mayo de 2020
Por
pauldavies
Paul T Davies reseña la producción de A Streetcar Named Desire de Tennessee Williams en el Young Vic, disponible en streaming hasta el 28 de mayo de 2020 en la plataforma National Theatre at Home.
Gillian Anderson en A Streetcar Named Desire. Foto: Johan Persson A Streetcar Named Desire.
National Theatre at Home/Young Vic.
4 estrellas
Disponible en streaming hasta el 28 de mayo de 2020 Aunque escuchar y ver los aplausos al final de un espectáculo puede hacer que se me salten las lágrimas porque echo tantísimo de menos el teatro en vivo, millones de nosotros agradecemos el teatro en streaming. No solo nos da la oportunidad de revisitar montajes que disfrutamos; también nos permite ver por fin un espectáculo que nos perdimos, y además con una semana para hacerlo. El National Theatre at Home de esta semana es la coproducción de 2014 del Young Vic con Joshua Andrew de A Streetcar Named Desire, el clásico sensual de Tennessee Williams. Sin embargo, el director Benedict Andrews no sitúa esta producción en su época: la música rock llena las transiciones, Blanche canta Fleetwood Mac en la bañera, y perdemos atmósfera y localización. Además, subraya la problemática política sexual de la obra. En cuanto nos salimos de los años cincuenta, el comportamiento de Stanley resulta aún más brutal, y el equilibrio es delicado: aunque Stanley golpea a su esposa y viola a Blanche, el público, sea cual sea su género, debe querer sentarse en el porche abanicándose y deseando que llegue la lluvia para enfriar su deseo por Stanley.
Branwell Donaghey, Ben Foster y Vanessa Kirby. Foto: Johan Persson
El trío central de intérpretes está especialmente bien, con Gillian Anderson en plena forma como la marchita belleza sureña Blanche Du Bois, que irrumpe en casa de su hermana trayendo consigo pérdida, sueños y desafío; no quiere realismo, quiere magia. Anderson es especialmente buena mostrando los extremos: Blanche “interpretando” su propia imagen y Blanche despojada de todo. Es difícil valorar del todo a través de una proyección, pero por momentos sentí que su trabajo era un pelín unidimensional, demasiado declamatorio (y su voz suena especialmente ronca en esta función); aun así, resulta desgarradora en el final, con aspecto de niña vulnerable que espera ser rescatada. De verdad sentí que sufría TEPT. Se escribe mucho sobre su grandeza ajada, pero no tanto sobre lo que ha perdido su hermana Stella. Vanessa Kirby está soberbia en el papel, mostrando a una mujer que se ha adaptado con soltura a sus nuevas circunstancias, a diferencia de Blanche, que arrastra consigo su pasado delirante. En la interpretación de Kirby entendí que el problema de Stella es intentar hacer felices a todos los demás, y por eso resulta aún más vulnerable.
Ben Foster. Foto: Johan Persson
Marlon Brando forjó a Stanley en un molde de acero feroz, y Ben Foster se desliza con facilidad en ese molde ardiente: desprende un atractivo sexual tosco y animal. (La indefinición temporal también permite sus tatuajes y su pecho peludo.) No rehuye las complicaciones del personaje: a menudo resulta profundamente antipático, y el intento de mostrar su vulnerabilidad lo deja llorando por Stella en calzoncillos. Kirby y Foster no dejan duda de que el sexo es un pilar de la relación entre Stella y Stanley, y suya es una pasión que Blanche o bien tuvo y perdió con su joven marido hace muchos años, o bien nunca ha tenido. Corey Johnson está excelente como el dulce y bondadoso Mitch, aportando un necesario alivio, hasta quedar enredado en las mentiras y la soledad de Blanche, hasta que sus sueños quedan destrozados por el paso de ella por el tristemente célebre Flamingo Hotel.
El escenografía fracturada y giratoria de Magda Wills nos permite sentir que estamos escuchando a escondidas y siendo testigos de estas relaciones, y se trata de una producción poderosa, que crece con una tensión segura hasta esa salida final de Blanche de la casa. Merece de sobra tres horas de tu tiempo; eso sí, con el Southern Comfort, mejor con moderación.
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