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RESEÑA: Assassins, Teatro Watermill Newbury ✭✭✭✭
Publicado en
10 de octubre de 2019
Por
libbypurves
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Libby Purves reseña el musical Assassins, de Stephen Sondheim y John Weidman, que se representa actualmente en el Watermill Theatre de Newbury.
El reparto de Assassins. Foto: The Other Richard Assassins
Watermill Theatre, Newbury
4 estrellas
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Esta es —al menos para nosotros— la primera producción en la era Trump de este musical feroz: una revista que reimagina todos los intentos, logrados o no, de asesinar a presidentes estadounidenses, desde Abraham Lincoln hasta Bush y Reagan. Su retrato —burlón, aunque a ratos conmovedor— muestra el fanatismo humano, la decepción, la sensación de insuficiencia, la estupidez, la vanidad, la obsesión por las armas ("basta con encorvar un dedo para cambiar el mundo") y la pura ansia de llamar la atención. Lo cual, debo murmurar de pasada, lo hace doblemente irónico y alarmante en una época en la que el propio Presidente exhibe al menos tres de las anteriores casi a diario en Twitter.
Evelyn Hoskins y Sara Poyzer en Assassins. Foto: The Other Richard
Pero el espectáculo en sí es imperecedero, uno para atesorar. A algunos siempre les parecerá demasiado áspero y oscuro para estar a gusto; el brillo de las rimas de Sondheim, inapropiado para un asunto tan letal. Sin embargo, la producción de Bill Buckhurst tiene todo el vigor necesario y también la seriedad humana: ayuda contar con un elenco asombrosamente talentoso de intérpretes-músicos que deambulan por el escenario (y en ocasiones por los laterales), dando vida con fuerza a los ecos de Sondheim de las grandes músicas estadounidenses: bluegrass, honky-tonk, bailes en línea, góspel, vodevil, Bernstein, jazz. Y también encaja que la narradora sea una joven —Lillie Flynn, con camisa de cuadros estilo western y vaqueros—: apartada, preguntando con tono doliente desde el inicio "¿Por qué lo hiciste, Johnny?" mientras Wilkes Booth desbarra sobre sus malas críticas y su odio hacia el Lincoln "amante de los n—-".
El reparto de Assassins. Foto: The Other Richard
En sus ajustados 100 minutos sin interrupción, muchas interpretaciones destacan: el extravagante Eddie Elliott como el vanidoso Charles Guiteau; Steve Symonds como el airado y desbocado Samuel Byck, enfundado en un traje de Papá Noel, denunciando y definiendo lo "americano"; hay un respiro cómico en las conversaciones imaginadas entre Lynette Fromme y Sarah Jane Moore —Evelyn Hoskins y Sara Poyzer—, que ambas fallaron al intentar matar a Gerald Ford, sin motivo razonable; y patetismo en Jack Quarton como el pobre y trastornado Hinckley, que pensaba que Jodie Foster se fijaría en él si mataba a Reagan.
Joey Hickman y Jack Quarton. Foto: The Other Palace
Se encuentran e interactúan a través de las décadas, sobre todo en un conjunto tremendo, maravillosamente puesto en escena, cuando los fantasmas del pasado y del futuro se reúnen alrededor del desdichado Lee Harvey Oswald en Dallas y le persuaden de que la única forma de volverse inmortal, citado y contado en el salón de la infame notoriedad, es disparar a John Kennedy en lugar de suicidarse. Su argumento, perenne e insidioso, te deja conteniendo la respiración. Aunque sepas el desenlace.
Es una interpretación de altos vuelos. Y siempre de una actualidad horrible. Si no, ¿por qué los jefes de Estado estadounidenses viajan en limusinas blindadas incluso por el National Mall, mientras el nuestro, gracias a Dios, aún se atreve con una carroza dorada?
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