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RESEÑA: Club Gelbe Stern, Teatro Laurie Beechman ✭✭✭✭✭
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Por
stephencollins
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Alexis Fishman en Club Gelbe Stern. Foto: Hunter Canning Club Gelbe Stern
Laurie Beechman Theatre
13 de octubre de 2015
5 estrellas
¿De qué sirve quedarse sentado a solas en tu habitación? Ven al Cabaret…
Así canta Sally Bowles en el musical de Kander & Ebb, Cabaret, un título muy celebrado por cómo se enfrenta al horror de la Alemania nazi. Otros musicales abordan el mismo tema, pero de maneras radicalmente distintas: el Capitán en Sonrisas y lágrimas se opone con firmeza a los nazis y lleva a su familia a escalar cada montaña para huir de ellos; Los productores convierte el peor espectáculo de la historia —un musical sobre Hitler— en un éxito inesperado. Hay más, pero lo habitual es que estos musicales despierten la imaginación con imágenes sugerentes sobre la Alemania de Hitler.
Pero ninguno llega a encapsular de verdad el horror que sintió el pueblo judío en los años posteriores a la llegada de Hitler al poder: sí, el señor Schultz sufre en Cabaret, pero allí quien más perdura en la memoria es Sally Bowles; recuerdas a los niños y a las monjas de Sonrisas y lágrimas; y Hitler queda reducido a un personaje camp, objeto de sátira en Los productores. El sufrimiento del judío corriente no suele ser un tema central en los musicales populares, aunque existen excelentes musicales de culto que sí se atreven con ello: The Grand Tour, por ejemplo.
Ahora, en el Laurie Beechman Theatre, se presenta una pieza de teatro musical extraordinaria, Club Gelbe Stern, escrita por Alexis Fishman y James Miller, y dirigida por Sharone Havely. Se adentra de lleno en el miedo y el horror de ser judío y talentoso justo cuando la esvástica empieza a asfixiar a Alemania. A través de canciones, chutzpah y una narración áspera y conmovedora, Club Gelbe Stern teje un tapiz demoledor: sexo, alegría, desamor, realidad sombría, desafío y, en última instancia, esperanza.
El espacio y la forma de presentarlo (estupendo diseño escénico de Jeffrey T Perri Jr y una iluminación brumosa y melancólica de David Goldstein) te llevan a pensar que estás ante un cabaré unipersonal, pero juzgarlo así es no comprender en absoluto lo que el equipo creativo ha conseguido. Esto es un musical de cámara: valiente y pulido, que coquetea con la forma del cabaré, pero que en realidad es una narración magníficamente construida, a través de la música y con la música. Dirigido con estilo, su eficacia descansa en la aportación de cada músico y de cada personaje, incluso de quienes no aparecen, pero están perfectamente definidos por la manera en que se habla de ellos.
La sala se ha transformado para parecerse a un local clandestino alemán de cabaré de los años treinta, del estilo del Kit Kat Klub de Cabaret: sórdido, humeante, sexy, con alma, y presidido por una sirena residente capaz de cantarte hasta el éxtasis y dejar tu alma como si sus medias de rejilla quedaran impresas en ella para siempre. Se nota que es ese tipo de sitio incluso antes de que empiece la función.
Cuando arrancan los acontecimientos, todo resulta un poco extraño. La estrella del cabaré, Erika Stern, llega tarde y jadeando. Se detiene un momento en su tocador, rodeado de bombillas, y lee una carta privada. El pianista, Otto, el friki gay, improvisa y presenta a la estrella… y luego lo hace por segunda vez, cuando ella no aparece. El pánico parece a un latido de distancia.
Por fin sale a escena, da un sorbo al azar de la copa de algún espectador (¡eso debe de deparar una sorpresa vocal cada noche!) y se lanza con “Lola”. Durante esto y los diez minutos siguientes, la interpretación parece fallida, forzada; la dicción, poco clara; el foco, borroso. ¿Así que estamos ante una artista aún más de tercera que la Sally Bowles que siempre se ha supuesto?
Pero no, no es eso. En realidad, es justo lo contrario.
Hace falta un control enorme y un esfuerzo soberbio para producir una musicalidad “torcida” de forma totalmente convincente, y eso es exactamente lo que logra Fishman. En la primera parte, Erika está tambaleándose por lo que ha leído en la carta, pero el drama funciona mejor si eso no queda claro, si la ansiedad mordiente va aflorando poco a poco desde su interior hasta engullirla, llevándola a reaccionar y a soltarse de la mejor manera que sabe: con gloria vocal y veneno virtuoso.
Alexis Fishman y Heath Saunders. Foto: Hunter Canning.
Fishman consigue todo esto con verdadera magnificencia. El momento en que te das cuenta de que ha estado mostrando con cuidado lo que le ocurre a Erika saboteando sutilmente sus propias habilidades interpretativas resulta tan sorprendente y poderoso como, por ejemplo, cuando Ulla se desata en Los productores, o la escena de la tarta de cumpleaños en Next To Normal. Potente, teatral e inolvidable.
La historia que Erika revela habla de hombres ambiguos y afortunados, de buenos y malos amantes, de anillos de compromiso, de contratos cancelados y de la constatación de que huir del poder inevitable de los nazis es, literalmente, una cuestión de vida o muerte. Los detalles es mejor dejárselos a Erika, porque la interpretación de Fishman es tan poliédrica, tan afilada de dolor y de gracia, que es poco probable que mi resumen pudiera ser tan impecable, tan intenso, tan maravilloso.
No es en absoluto una pieza lúgubre, por más que excave en un terreno profundo y oscuro. Esta cancioncilla, cantada sobre la habanera de Bizet (de Carmen), muestra el tipo de humor afilado que ofrece:
Si el teléfono no funciona si la bañera pierde agua si la inflación sube a diario si los impuestos te dejan sin fuerzas si tu perro mea en la alfombra si tu mujer es mala en la cama si tus hijos se comen todos los pasteles si el Príncipe de Gales es gay Ve y culpa a los judíos, ve y culpa a los judíos Los judíos son culpables y no es noticia No necesitas cerebro para leer las pistas El culpable siempre son los judíos Así que culpa a los judíos si tenemos defectos no es culpa nuestra porque el judío es la causa de todos nuestros defectos, qué vergüenza pero sea lo que sea, la culpa es del judío.
Otra, de una canción distinta, ilustra el sesgo satírico y político de buena parte del material:
Adolf cree que un hombre debe casarse, tienes que aceptar los hechos “¡todo hombre alemán soltero tiene que pagar un impuesto extra!” Pero él mismo es soltero, raro, tendrás que admitir Nadie sabe la razón, pero no es difícil de adivinar.
La selección de canciones es extraordinariamente eficaz, y muchas pertenecen al periodo en el que se sitúan los acontecimientos. El número final, If I Leave You, es una balada romántica de belleza excepcional, escrita y arreglada por Heath Saunders (el Otto original). Se quedará contigo mucho después de salir del teatro.
Fishman tiene una voz gloriosamente flexible, untuosa y aterciopelada en el timbre, pero también capaz de una desafiante aspereza de metal. Suena como si Ethel Merman y Barbra Streisand hubieran dejado, de algún modo, su huella en su ADN: cálida, exuberante, audaz.
Pero esta actuación no va solo de cantar. Fishman está completamente cómoda con el personaje y puede improvisar según lo pida el público, haciendo que la función palpite con espontaneidad. El núcleo dramático del relato está medido con una precisión preciosa, ya sea una historia de venganza racista narrada sobre una barra en funcionamiento (con licor y personal al alcance de la mano) o el descubrimiento inesperado de una bandera nazi en un lugar insospechado.
Ayuda que está espectacular, con sus armas de mujer exhibidas sin complejos.
Fishman cuenta con un acompañamiento musical de primera por parte de Brian Russell Carey al piano (que también interpreta a Otto), Giuseppe Fusco (maderas) y Steve Millhouse (bajo), todos de un nivel excepcional, y algunos además cantan con gran efecto.
Si hay un defecto —y no estoy seguro de que lo haya— quizá sea que la pieza queda limitada a un único acto. Uno se pregunta cuánto más impactante y satisfactorio podría ser si hubiera un primer acto en el que Erika estuviera desatada, disfrutando, cantando su repertorio habitual sin ni siquiera intuir la carta que está por llegar. Desde luego, sería un placer ver a Fishman en un Weimar sin freno, tal y como fue.
Club Gelbe Stern es una obra importante y enormemente satisfactoria de teatro musical dramático. Todo el mundo debería verla: porque habla, de una manera totalmente accesible y entretenida, de uno de esos momentos que la Humanidad no quiere jamás que la historia repita. Y pese a su honestidad y su aspereza, rebosa una esperanza arrolladora.
Si estás en Nueva York, haz lo que sea por verla. Si estás en Londres, reza para que el Chocolate Menier la programe.
Un triunfo.
Club Glebe Stern se está representando actualmente en el Laurie Beechman Theatre
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