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NOTICIAS

RESEÑA: The Nether, Royal Court Theatre ✭✭✭

Publicado en

6 de agosto de 2014

Por

stephencollins

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The Nether. Foto: Johan Persson The Nether Royal Court Theatre 5 de agosto de 2014 3 estrellas El diseño escenográfico de Es Devlin para la obra de Jennifer Haley, The Nether, que ahora celebra su estreno europeo en el Royal Court (una coproducción con Headlong) bajo la dirección de Jeremy Herrin, es realmente extraordinario y, por sí solo, bien merece la pena verlo.

Es una escenografía que refleja, de forma absoluta y cautivadora, los temas que aborda la obra: la seducción de la tecnología; el vacío y el engaño que ofrece el mundo virtual; las posibilidades de una evasión perfecta; la omnipresente posibilidad de vigilancia y malentendidos; la mezcla incesante del mundo real con el mundo dentro de internet.

Además, juega con los elementos de cuento de hadas/fábula del relato: como en El mago de Oz, el mundo real es, básicamente, en blanco y negro; la realidad virtual del mundo construido dentro del cosmos conectado del ordenador, como Oz, arde con un color y una textura más reales que lo real.

Hay árboles, distintos niveles, austeras salas de interrogatorio distópicas… y todo ello encerrado en lo que podría ser una pantalla de ordenador. Es ingeniosísimo, emocionante y deliciosamente tentador. Y las proyecciones de vídeo de Luke Halls son intrincadas y endiabladamente seductoras.

Cuesta imaginar una puesta en escena física mejor para esta obra. La visión de Jeremy Herrin aquí es francamente notable.

La obra de Haley es lo bastante interesante, pero no es precisamente un thriller (los giros se ven venir) y tampoco aporta demasiado que sea nuevo, si es que aporta algo.

Desde luego plantea cuestiones sobre lo que ocurre en el mundo, cada vez más expansivo, de internet y se adentra en preguntas serias sobre la identidad, tanto en el mundo real como en el virtual, y lo hace a partir de la premisa de una investigación sobre un delito de la peor clase: la pederastia.

Se apoya en la realidad de que la mayoría de la gente tiene una presencia online y no suele considerar las consecuencias, si es que las hay, de esa vida. Puedes publicar un comentario en una web, pero ¿qué pasa cuando la gente responde? ¿Cómo puedes fiarte de verdad de alguien a quien conoces en internet? ¿Hay alguna realidad en las amistades virtuales o en los ligues? ¿Debería haber una regulación mejor de internet? ¿Debería impedirse la creación de otras identidades en los horizontes virtuales? Y si hay restricciones, ¿cuáles son las consecuencias de esas restricciones en el mundo real?

Son asuntos importantes, vitales, y la obra de Haley los afronta de frente.

Pero el montaje de Herrin tiene una carencia curiosa: el reparto. Nadie en el elenco es realmente ideal para el papel que interpreta. Todo el mundo sale adelante, pero con un reparto mejor la obra podría haber despegado de una forma que aquí no consigue.

No es que los actores sean malos —no lo son—. Cada cual cumple con solvencia; no va por ahí. Más bien se trata de que la persona que son, físicamente y en su manera de actuar, no encaja del todo. A Stanley Townsend le falta un encanto más natural, una cordialidad más innata, y resultar menos verosímil como depredador. David Beames necesita más claridad, más aplomo, más desafío como el Profesor que quiere vivir una vida virtual. Amanda Hale necesita más aspereza, más filo, una convicción severa mayor como la investigadora con una certeza moral sobre la regulación de lo virtual.

Porque cada uno de sus personajes del mundo real debe funcionar dentro de un prisma determinado para que los giros y recovecos de la obra surtan el efecto óptimo y para permitir que las interpretaciones de Ivanno Jeremiah (Woodnut) y Zoe Brough (Iris) brillen en contraste.

Con noventa minutos de duración, es un tiempo bien invertido en el teatro. Pero un reparto más acertado habría dado como resultado una experiencia que quizá hubiera estado a la altura del extraordinario diseño de Es Devlin.

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