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RESEÑA: El Retrato de Dorian Gray, St James Studio ✭✭✭✭✭
Publicado en
Por
timhochstrasser
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Foto: Evolution Photography El retrato de Dorian Gray
St James Studio Theatre
17 de junio de 2015
5 estrellas
El 20 de junio de 2015 se cumple el aniversario exacto de la primera publicación de la versión original, por entregas, en una revista, de la novela de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray. Aunque ha habido varios intentos de convertirla en una obra para el escenario y el cine, no existe una versión aceptada para su representación teatral y, por lo tanto, esta nueva propuesta resulta a la vez oportuna y valiosa. El argumento es tan conocido que no necesita repetirse aquí; pero, aun así, tengo que empezar dejando constancia de mi sensación de la vigencia continua y absorbente de sus temas principales. Dado el culto a la celebridad que invade cada vez más nuestras pantallas y titulares, un estudio sobre la naturaleza y las consecuencias del narcisismo no podría ser más contemporáneo. A medida que los famosos aforismos van apareciendo, es inevitable pensar que «el genio dura más que la belleza» hoy en día sería una cuestión abierta más que una afirmación, y que Wilde extrajo una verdad más profunda de la que él mismo sabía cuando declaró que «solo la gente superficial no juzga el mundo por las apariencias». La deslumbrante destreza verbal y la oscuridad que subyace demuestran la verdad y la sabiduría de otro dicho que pasa fugazmente al principio: «todo arte es a la vez superficie y símbolo».
Ante todo hay que rendir homenaje a la pericia de la adaptación, realizada con un escrupuloso cuidado por Merlin Holland, nieto de Wilde, y John O’Connor. De manera crucial, han regresado a los textos originales tanto de la revista como de la novela publicada (más extensa) y han restituido varias líneas clave que Wilde, por prudencia, omitió del texto definitivo estándar. Estas líneas hacen más explícitos los distintos temas homoeróticos de la obra y, en particular, aclaran el personaje de Basil Hallward, perdido en una adoración desesperada e impotente por Dorian Gray, y hacen que la consciente manipulación de Dorian sobre Basil resulte aún más calculada y chocante. Hay muchos otros ajustes menores que, de forma útil, pulen o completan aspectos de los personajes que en el original solo se sugieren de manera oblicua.
Cualquier adaptación tiene que transformar una gran cantidad de narración, relatada por Dorian, en drama, diálogo y personaje. Aquí hay que tomar un gran número de decisiones interpretativas y, en su mayor parte, el equipo creativo y el elenco aciertan de pleno. Por ejemplo, Sibyl Vane (Helen Keeley) se desarrolla aquí como un personaje mucho más sustancial que en el original. Se opta por presentarla como una buena actriz que tiene una noche crucialmente desafortunada, en lugar de una pésima sobreactuada a la que solo Dorian desea subir a un pedestal. Esto aporta mucha más fuerza y conmoción a su rechazo. Y lo mismo ocurre con la creación de Hettie, otra víctima de las preocupaciones faústicas de Dorian, que en la novela apenas se menciona de pasada.
La trama es el aspecto menos creíble y quizá menos importante de la obra: como en cualquier novela gótica, el final en particular parece extrañamente abrupto, un efecto reproducido con acierto en esta adaptación. Pero la trama siempre fue la parte menos importante del arte de Wilde en sus comedias y, en conjunto, esta versión sale airosa en la comparación con las grandes obras que sostienen su reputación. En efecto, es un prototipo. En el original hay una teatralidad esencial: el diálogo ya está en sintonía con el teatro de Wilde, y de hecho parte de él se reutilizó más tarde en El abanico de Lady Windermere. Además, muchas escenas se relacionan con el teatro contemporáneo o se sitúan en él. Por último, todo el tira y afloja en doble sentido entre el cuadro y su modelo, el héroe y su imagen, la belleza externa y la corrupción interna del alma, reclama a gritos una representación y una encarnación más allá de la página impresa. Abrimos con una sugerencia abigarrada de un estudio de artista victoriano: unos grandes marcos dorados vacíos y ladeados, utensilios del pintor, una chaise longue y un macetero, un puñado de sillas, y al fondo las insinuantes líneas de un Nocturno de Chopin. Basil Hallward (Rupert Mason) está dando los últimos retoques a su retrato de Dorian Gray (Guy Warren-Thomas) antes de que sean interrumpidos y trastocados por Lord Henry Wotton (Gwynfor Jones). Además de los papeles principales, cada uno de los intérpretes (salvo Warren-Thomas) aporta una plétora de personajes secundarios bien definidos, poblando el escenario con criados avezados, duquesas altivas y comerciantes astutos que forman parte del tejido social de las grandes comedias. En este, el más sensual de los libros, es crucial que haya mucho para deleitar la vista, y por eso el equipo creativo merece un gran reconocimiento por garantizar que la escenografía esté muy bien vestida y que ante nosotros desfile una maravillosa colección de vestuario de época, de colorido y textura exquisitos. Incluso un personaje menor, como la esposa de Lord Henry, realmente parece como si su vestido ondulante hubiera sido «diseñado en una tempestad y vestido en una tormenta». Se ha pensado mucho en cómo apelar a la imaginación sensorial del público y, en particular, la dirección ha encontrado formas de integrar las referencias al libro de Huysmans A contrapelo y al Libro Amarillo, ambas inspiraciones importantes para Wilde, y de encarnar el idilio de Dorian con las telas y los aromas tal como se relata en el capítulo once de la novela.
Sería injusto destacar a un solo miembro del reparto para elogiarlo: se despliegan múltiples formas de excelencia; baste decir que Warren-Thomas no se duerme en los laureles de su físico: traza el camino hacia una crueldad implacable con muchas vacilaciones y un detalle humano muy afinado. Mason convierte a Hallward en una figura mucho más simpática y atormentada de lo habitual, y Keeley crea un personaje real y completo a partir de Sibyl. Inevitablemente hay muchos cambios de escena y de vestuario, pero se realizan con destreza y sin interrumpir nuestra concentración. De hecho, el movimiento fluido y flexible es un rasgo destacado de toda la producción, y uno difícil de conseguir en un espacio tan reducido y cargado.
En cierto modo, el papel más difícil de sacar adelante es el de Lord Henry, que debe decir la mayoría de los epigramas, como pequeñas joyas, y a la vez encajarlos en un habla naturalista. Encontrar el ritmo en Wilde suele ser la clave de una gran interpretación y de una gran producción. ¿Cómo se crea un fluir verosímil cuando los epigramas se interponen, exigiendo tiempo y espacio para ser pronunciados y reconocidos? A veces parece como si Wilde hubiera entregado a sus actores una bandeja llena de mermelada y clotted cream, y sin scones. Gwynfor Jones sortea este reto con enorme delicadeza, con mucho movimiento escénico, y aceleraciones y pausas cuidadosamente graduadas y variadas, más o menos del mismo modo en que un cantante de ópera marca los tiempos de un aria. Es una lección magistral de dicción retórica.
Lamentablemente, esta magnífica adaptación tiene una temporada muy breve. Confío en que otro teatro pueda dejarse convencer para que volvamos a ver esta obra con este reparto, y pronto…..Merece la pena verla por sus propias virtudes, por las nuevas perspectivas que aporta a una obra que creemos conocer demasiado bien, y también por lo que nos revela de Wilde. Muestra de forma ejemplar la combinación, a la vez turbulenta, inestable y finalmente trágica, de talentos y aspiraciones que componen la singular personalidad de Wilde. Como siempre, percibió la verdad antes que todos los críticos: «Basil Hallward es lo que creo que soy: Lord Henry es lo que el mundo cree que soy: Dorian es lo que me gustaría ser, en otras épocas, quizá.»
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