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RESEÑA: Vuelta Atrás, Teatro St James ✭✭✭✭
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Por
timhochstrasser
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Turn Back The Clock - Canciones y monólogos
St James Studio
9 de junio de 2015
4 estrellas
‘Una de esas maravillosas mujeres británicas tipo “battleaxe”, que saben hornear pasteles y ahuyentar a los intrusos con el poder de la pronunciación’ (James Phillips, ‘Carousel’ en City Stories)
Esta frase de una de las excelentes piezas cortas de la semana pasada en el St James Studio volvió a mi cabeza cuando regresé al mismo espacio para ver a Cheryl Knight interpretar su selección de monólogos y canciones de Joyce Grenfell. Mientras se aseguraba con firmeza un sombrero a modo de gran blancmange rosa y se lanzaba a esa famosa sátira, astuta y vagamente insinuante, sobre la disparatada frugalidad del WI (Women’s Institute), ‘Useful and Acceptable Gifts’, me pregunté hasta qué punto el humor de Grenfell seguiría funcionando hoy, o si ahora se percibiría simplemente como indistinguible de esas animosas “battleaxes” que tan a menudo retrataba.
Grenfell estuvo en su apogeo en los años inmediatamente posteriores a la guerra, una época que a veces parece más lejana a la nuestra —al menos en su sentido del humor— que muchas décadas anteriores del siglo XX. ¿Haría que todos estos monólogos resultaran irremediablemente anticuados ese optimismo chirriante frente a los hechos, el estoicismo y la resistencia a la franqueza emocional, la aceptación de la jerarquía social como algo dado y el doble sentido cómplice, a la vez lascivo y mojigato, que entonces pasaba por humor sexual?
Me alegra decir que estas dudas quedaron barridas por la profundidad y, en ocasiones, la desesperada carga de emoción que Cheryl Knight encontró en este material, y por la consumada musicalidad que ella y su pianista, Paul Knight, aportaron a los textos agridulces de las canciones, musicados originalmente por Richard Addinsell y Bill Blezard.
Nacida en el privilegio, sobrina de Nancy Astor y habitual de Cliveden en sus primeros años, Grenfell cobró notoriedad como actriz de carácter y como artista de cabaré, cuyo material de enlace fue creciendo hasta volverse más sustancioso y elaborado que sus canciones. En su propia vida hubo no poca decepción y tristeza, y es esto, junto con su aguda observación social de las oblicuidades sutilmente calibradas de las costumbres inglesas, lo que confiere un valor perdurable a su obra.
A primera vista, su deleite por el lenguaje y por sus posibilidades expresivas en forma de ironía parece situarla junto a Noël Coward. Pero si él es Henry James, ella se acerca más a Edith Wharton: al final tiene más corazón que sofisticación combativa y quebradiza, y es un corazón que se extiende para abrazar las vidas tristes, pálidas y malgastadas de mujeres de suburbio con esperanzas ya muertas, pero que aun así tenían que seguir adelante. Aquí la música también suma: por sí solas, las meditaciones agridulces de Addinsell —armónicamente convencionales pero melodiosas— podrían parecer cursis; pero sobre el telón de fondo de cada una de estas pequeñas escenas aportan un subrayado de patetismo y un lamento por la pérdida de las posibilidades que resulta auténticamente conmovedor.
Hay otra cuestión escéptica que conviene abordar. No hace tanto del triunfo arrollador de Maureen Lipman con Re:Joyce. ¿Se justifica una reposición de este material tan pronto en manos de otra intérprete? De nuevo, me complace decir que Knight disipó esas dudas desde el principio. Es un tipo de artista muy distinta a Lipman, y hay espacio de sobra para ambas.
En la selección de los números (que tienden a lo sombrío) y en una interpretación a menudo suave y contenida, Knight marca distancia respecto al virtuosismo de Lipman. Con Knight mucho se consigue con cambios de inflexión vocal o con movimientos escénicos simples y simbólicos en el pequeño escenario del St James Studio. Además, da a la velada una columna vertebral biográfica verosímil y eficaz intercalando las piezas con lecturas de cartas de Grenfell, tanto a su madre como a su mejor amiga, Virginia Graham. Gran parte de este material está disponible y publicado solo desde hace relativamente poco.
Los acompañamientos y subrayados de Paul Knight son nítidos y hábiles; secundarios y discretos la mayor parte del tiempo, pero con florituras cuando la necesidad dramática lo exige. Entre los dos nos recuerdan que Grenfell fue, ante todo, una artista en vivo, que a menudo improvisaba ampliamente a partir de un núcleo básico. Si su obra ha de sobrevivir, pertenece al escenario, reintroducida por intérpretes nuevos a sucesivas generaciones de espectadores y oyentes.
¿Y qué hay de los propios monólogos? Los favoritos de siempre, como ‘Ordinary Morning’, no decepcionan y sirven para recordarte lo hábil que era Grenfell logrando que el público hiciera gran parte del trabajo al completar los huecos imaginativos. La interpretación de Knight de ‘Lumpy Latimer’ capta todo el espantoso bochorno social del reencuentro escolar y, al mismo tiempo, deja entrever la corriente subterránea de expectativas frustradas, reempaquetadas como un éxito convencional de mediana edad. Pero hay tres pequeñas escenas, menos conocidas, que destacan por encima del resto por la profundidad de su caracterización, plenamente transmitida aquí por Knight.
En ‘First Flight’, una mujer que viaja a Estados Unidos y que nunca ha volado pasa de unos nervios parlanchines e intrascendentes a una ansiedad más profunda por el matrimonio interracial de su hija y por cómo quiere desesperadamente encontrar la forma adecuada de ofrecerle apoyo. En la determinación del personaje por escapar del racismo convencional de su crianza, esto resulta notablemente adelantado a su tiempo. Luego está ‘Telephone Call’, en la que una mujer va rompiendo poco a poco con su novio por las exigencias de cuidar a su padre, cuyas quejumbrosas demandas se registran continuamente fuera de escena. Es una pieza implacablemente sombría, desgarradora, tan vigente hoy como cuando se escribió.
Por último, en ‘Dear Francois’, Knight ofrece una súplica oscura pero enérgicamente desafiante de una madre soltera, que la lleva a un territorio inesperado —aunque encaja con su afirmación general de la posibilidad de una supervivencia animosa en tiempos difíciles. Estos tres monólogos podrían codearse con Talking Heads de Alan Bennett por calidad de su penetración psicológica y autoridad de personaje, y uno no puede evitar preguntarse hasta qué punto Bennett se vio influido por Grenfell en su obra posterior dentro de este género.
El espectáculo también destaca por recuperar una canción escrita para el Festival de Aldeburgh en 1967 como homenaje a Benjamin Britten. Es una pieza jazzística, verbalmente intrincada, de parodia operística, que probablemente no se ha interpretado desde entonces. Sirve para recordarnos que Grenfell era capaz de mucho más como cantante y letrista de lo que solía permitirse.
Nos deja con una ligera sensación de pena al pensar que, como tantos cómicos ingleses de su generación, no salió con más frecuencia de la zona de confort en la que había construido con éxito su reputación. Aun así, debemos estar muy agradecidos a los Knight por demostrar con qué intensidad sigue brillando su legado, a la vez cómico y discretamente trágico.
Turn Back The Clock estará en el St James Studio hasta el 14 de junio de 2015
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