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RELATOS DESDE EL CAMERINO: Penelope Keith

Publicado en

7 de diciembre de 2011

Por

editorial

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En la primera entrega de nuestra serie Tales From The Dressing Room, Penelope Keith charla con total franqueza con JBR sobre cómo ha cambiado la industria desde su etapa de formación.

«Pasa, pasa. Bienvenido al camerino más elegante del West End». ¿Cómo no iba a serlo? Al fin y al cabo, este es el célebre Camerino nº 10 del Theatre Royal, Haymarket. Su actual inquilina, la siempre perfumada Penelope Keith, es exactamente como uno se la imagina: mitad institutriz regañona, mitad tía favorita.

«Me gusta la idea de que los actores veteranos transmitan lo que saben, pero no me hagas quedar demasiado como una vieja carca», suplica, mientras cruza la estancia y toma asiento.

El cuarto no es el más lujosamente decorado del West End. A la derecha, un gran tocador de estilo francés ocupa el espacio, donde la peluca de Keith descansa, orgullosa, sobre un soporte. Unos cuantos polvos y pinturas modestos se reparten por la encimera. Por la habitación hay varias sillas cómodas para las visitas y una chaise longue en la que Keith se recuesta a placer.

«Quiero decir, ¿qué no tiene de técnico subirse a un escenario, ocho veces por semana, decir exactamente lo mismo, hacerlo, moverte al mismo sitio y conseguir que la gente pague dinero por aceite de serpiente? Si eso no es técnico, no sé qué lo es. ¡Es todo artificio! Trabajé una vez con una chica que dijo: “Oh, yo voy a por el realismo”, y pensé: “¿Qué tiene esto de real?”. A menudo, antes de una función, te preguntan: “¿Estás en la zona?”, y yo pienso: “¿Qué zona?”. La única zona en la que hay que estar es en la de ser consciente de todo. De todo.»

El Camerino número 10 del Haymarket tiene una elegancia atemporal. El aire, tan exclusivo, pesa aquí cargado de historia. Este es el cuarto que compartieron Ian McKellen y Patrick Stewart cuando protagonizaron Esperando a Godot, donde Rob Lowe recibió al entonces primer ministro Tony Blair durante la temporada de Algunos hombres buenos.. Mientras Keith habla, los fantasmas de antiguos ocupantes se inclinan, como si añadieran sus consejos a los de ella. «Lo nuestro es un oficio, y sí creo que un oficio se aprende de un maestro. Odio esa expresión horrible, “clase magistral”. He hecho una o dos», reconoce, «pero yo las llamé “Clase de Mistress”, ¡que me parece mucho más interesante!»

«Dios, sueno como una reaccionaria vieja, ¿verdad?», se ríe, mientras esponja un cojín forrado de seda. «Pero añoro que la gente diga las palabras, que les dé su valor. El problema de los actores jóvenes es que no confían en las palabras. Toda nuestra cultura está tan centrada en el “yo”. Se nos olvida para qué estamos ahí. Estamos contando una historia, que es lo más antiguo de nuestra preciosa lengua. Todo el canon, toda la historia de nuestro país es contar historias, ¿no? Y nosotros solo somos quienes hacemos eso.»

Fuera, el atardecer se convierte en noche y el ajetreado Haymarket bulle de tráfico. Aquí dentro, reina una paz serena. Keith se ajusta su bata rosa con estampado de flores. Un espejo de cuerpo entero ocupa casi toda una pared. El Theatre Royal ha sido hogar de muchos de los mejores actores del país. ¿Cuántos de ellos habrán estado en esta habitación, comprobándose el vestuario frente al espejo? Edith Evans, Olivier, Schofield, Richardson, Ashcroft, Beerbohm Tree. ¿Cuántas de esas leyendas habrán ensayado sus palabras entre estas paredes?

Keith siente auténtica pasión por las palabras. «No me hagas subirme a mi caballo de batalla», exclama. «No sé si es por la formación o qué, pero los actores jóvenes no entienden la música del texto. Hay tanta música en un Wilde, un Coward o un Rattigan como en Shakespeare.» Sus palabras resuenan por la habitación: Wilde, que estrenó aquí Una mujer sin importancia y Un marido ideal en la década de 1890, asiente desde el sillón de la esquina. Coward, que declaró el Haymarket «el teatro más perfecto del mundo», se sacude la ceniza del cigarrillo, murmurando su acuerdo. «Es una cuestión generacional, pero no se nos permite decirlo. Yo siempre digo: ponme en un teatro, tápame los ojos, y te diré qué actor tiene más de cuarenta. Así de clara es la división. El otro día le decía algo sobre la destreza vocal y la voz a uno de los responsables de una escuela de interpretación, y me dijo: “Creo que no hacemos suficiente sobre eso”, y pensé: “Bueno, entonces, ¿qué estáis enseñando?”»

En Keith, “voz” quizá sea uno de los calificativos más evidentes: esas maravillosas vocales afiladas y la dicción tan característica. Pero cuando Keith habla de entrenamiento vocal o de destreza vocal no se refiere al acento. «No soporto esa palabra horrible, “pijo”. No va de hablar “pijo”. Todo el mundo tiene esa espantosa soberbia al revés con lo “pijo”. Yo vivo con un lancastriano, un acento rural, oscuro y precioso, y es una maravilla. Me encantan los acentos. No va de acentos, va de poder comunicar, de que te entiendan.»

En algún lugar, fuera, otros actores suben y bajan deprisa las escaleras. Se oye un traqueteo en el picaporte, un golpecito suave en la puerta. Nadie responde y, al poco, el visitante se aleja a pasos quedos. ¿Quizá Maggie Smith, que ocupaba el Camerino nº 1 en la planta de abajo, subía a visitar aquí a Judi Dench cuando trabajaron juntas en The Breath of Life? Este cuarto tiene pedigrí y clase. Keith está, con razón, como en casa.

Se formó en Webber Douglas antes de iniciar su carrera en el repertorio semanal en Chesterfield. El declive del sistema de repertorio es algo que siente con fuerza que ha tenido consecuencias en el desarrollo de los intérpretes. «Creo que la televisión dio a todo el mundo acceso a un drama magnífico», dice. «Pero hemos perdido esa formación increíble. Ahora, cuando tienes veinticinco años, has hecho un par de cosas en el circuito fringe y una o dos frases en televisión; pero cuando yo tenía veinticinco había interpretado cuarenta o cincuenta papeles en todo, de Shakespeare a Shaw, y me había empapado de las distintas maneras de trabajar de los autores. Y sí, era difícil aceptar algunas de las interpretaciones que se veían. En mi primer papel tenía que hacer de una mujer de cuarenta, y me dibujaron en la cara más líneas que en un mapa del Ordnance Survey. Iba encorvada porque interpretaba a un personaje terriblemente viejo», recuerda Keith riéndose, «pero fue extraordinario. ¡Y el rep semanal era una pesadilla! En realidad no lo era: me encantó cada minuto. Los actores jóvenes se están perdiendo muchísimo de esa experiencia.»

Y es esa experiencia la que Keith y su generación están deseando transmitir. «Cuando yo era joven, si alguien me daba un consejo yo decía: “¿Ah, hago eso? ¿Qué puedo hacer para arreglarlo?”. Habría querido aprender, pero ahora, en cuanto dices algo, todo el mundo vuelve con esa actitud defensiva y dice: “Ya, pero…”, y luego te suelta una excusa.»

«Creo que los actores mayores se ponen nerviosos a la hora de aconsejar, porque siempre está ese rechazo, ¿no? Yo, por principio, nunca doy una nota sobre una escena en la que estoy, porque demasiado a menudo la gente cree que va de ti. Piensan: “Ah, la vieja quiere su risita”, y yo pienso: “He tenido más risas que tú cenas calientes; vamos a hacerlo rápido y a casa”.» Keith estalla en carcajadas. «Si los actores jóvenes preguntaran», suspira. «Podríamos contarles tantísimo.»

Los actores jóvenes siempre han buscado a los veteranos como tutores, y el Haymarket tiene una historia particular en este sentido. En 1741, bajo Charles Macklin, el Haymarket puso en marcha lo que posiblemente fue la primera escuela de interpretación, y en 1988 el Haymarket creó Masterclass, un programa de formación y educación para jóvenes. Gielgud, que inspiró a toda una generación de actores jóvenes, vivió en esta habitación durante el Blitz. Cuando apareció en Desert Island Discs, el objeto de lujo que pidió fue «el camerino 10 del Haymarket».

«Es extraño cómo todo cambia y cambia tan rápido. En mi época nunca pensábamos en agentes. No recuerdo que nadie en Webber Douglas hablara jamás de hacerse rico o famoso, o de querer ser una estrella. Ni se nos pasaba por la cabeza. Querías trabajar y querías aprender. Y eso ahora es muy, muy diferente. En cierto modo, culpo a las escuelas, porque todo se centra en ese tercer año y en conseguir un agente. Cuando yo estudié eran dos años: aprendías la voz y el movimiento en la escuela y todo lo demás cuando salías ahí fuera. ¿Y qué saben los agentes? ¿De verdad? ¿Qué saben? Saben a quién pueden colocar y sacar algo de dinero durante un año; no hay progresión, nadie cuida de tu carrera.»

«Cuando estaba en la escuela de interpretación, iba al teatro dos o tres veces por semana, y me sentaba en el gallinero por cuatro chelines. Tenía un trabajo que pagaba cuatro libras y diez chelines a la semana, y una entrada de galería costaba cuatro bob, que era 1/25 de mi sueldo. Ahora los estudiantes no entran por menos de diez libras: ¿qué estudiante gana 250 £ a la semana? Así que sé que es un problema enorme. Pero yo diría: mirad, mirad todo lo que podáis, y leed, y aprended, y haced siempre preguntas.»

«Creo que la observación es la clave. Sed curiosos siempre, dejad de pensar en vosotros mismos. Cuando vayáis en el metro, escuchad a la gente, observad, observad, porque la mayor parte del tiempo no hacemos de actores: hacemos de personas de verdad. Esa es la clave; la observación es lo más importante para un actor. Quiero decir, una vez que tienes las bases: la voz, el movimiento y demás. Y hablad con claridad: recordad que el público rara vez dice que no ve; lo decía cuando las señoras llevaban sombrero, pero siempre dice que no oye.»

Cuenta la leyenda que el actor-empresario John Buckstone ocupó una vez el Camerino número 1, abajo, y que todavía lo ronda, a menudo se le oye ensayar sus frases. Cada teatro tiene sus leyendas, algunas muertas, otras vivas, y todas tienen algo útil que aportar.

Cuando la puerta del camerino se cierra, no se cierra solo sobre Keith, sino sobre doscientos noventa años de experiencia. «Escucha, mira, lee y alza la voz», susurran las voces. La placa de latón de la puerta dice: Penelope Keith.

Por ahora.

Esta entrevista se publicó por primera vez en Fourthwall Magazine Penelope Keith actuaba en The Rivals, en el Theatre Royal, Haymarket. Las imágenes son de Sally Mais, de The Beginners Project

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