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RESEÑA: Pequeña Revolución, Teatro Almeida ✭✭
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Por
stephencollins
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Foto: Manuel Harlan Little Revolution Almeida Theatre 2 de septiembre de 2014 2 estrellas
Dos agentes de policía tienen a un joven negro, que lleva una sudadera con capucha, inmovilizado con una llave en el brazo. Está teniendo lugar algún tipo de interrogatorio, pero hay algo un poco extraño en ello. El ambiente está cargado de tensión. Los disturbios de Londres de 2011 son una presencia palpable. Otro joven negro desafía a los agentes. ¿Qué están haciendo y por qué? ¿Qué motivo tienen para estar interrogando al chaval? Un agente es condescendiente; el otro, silencioso como una tumba. Ambos, sentenciosos.
El joven curioso hace preguntas. No hay respuestas. Hostilidad por parte de los agentes. El chico, inteligente, pide los datos del agente más vociferante, una prueba de que es policía. El agente se niega, da largas, señalando el texto en su chaleco antibalas y rechazando mostrar una acreditación oficial. El chico listo insiste. El agente gruñe y se niega, alegando que el chaval detenido quiere apartarse, quiere ser interrogado en privado. El chico listo pide una prueba de identidad, con firmeza, con valentía, quizá con un leve tono de acusación por acoso. El agente le pregunta quién se cree que es: ¿alguien que sabe de qué está hablando?
La sensación de poder contra impotencia, de blanco contra negro, de clase contra clase, de superioridad contra desconcierto retumba en el silencio del auditorio, donde no había ni una sola persona sonriendo ni sintiéndose cómoda.
Este es uno de los dos momentos eléctricos en la producción de Joe Hill-Gibbons de la obra documental (verbatim) de Alecky Blythe, Little Revolution, que ahora se representa (en previas) en el Almeida Theatre de Rupert Goold.
El otro llega al final de la obra. Pero guardemos esa idea.
Es una obra elaborada a partir de las experiencias reales de personas que sufrieron los disturbios de Londres y sus consecuencias. El truco, uno de forma teatral, es que Blythe pasó tiempo en las calles de Londres grabando conversaciones con londinenses que afrontaban la crisis de distintas maneras. Las grabaciones se hilvanaron para formar una especie de relato, y el reparto ha aprendido meticulosamente las palabras, los ritmos, los acentos y los patrones de habla de cada una de las personas entrevistadas, presumiblemente para aportar autenticidad.
Así, este espectáculo teatral, que dura unos 85 minutos (y aun así le sobran unos 60), pretende ser a la vez auténtico y dramático; un tapiz que intenta abordar las complejidades que sustentaron los disturbios y las complejidades adicionales que se entretejieron después: las detenciones, los desahucios, los intentos de recomponer la comunidad, los enfrentamientos, las divisiones de clase, las recriminaciones amargas, el buenismo ingenuo, la brutalidad policial, la respuesta del Gobierno y de la justicia, y la incomprensión dentro de la comunidad.
El problema es que no tiene un propósito realmente coherente, no hay un hilo conductor y hay muy poco corazón. Retazos de conversaciones fuera de contexto construyen una imagen general de confusión, mala comunicación, desconfianza y malentendidos, pero aquí no hay nada revelador. Quienes vivieron los disturbios ya saben todo esto y quizá aún estén marcados por ello. Quienes no, no obtendrán una verdadera sensación de aquel tiempo explosivo e incierto ni de los meses abrasadores que siguieron.
Una alegre merienda callejera para que el vecindario hable entre sí puede ser una imagen de ese después, pero difícilmente es la más importante o la que más resuena. Sin embargo, es la merienda la que ocupa aquí un lugar central.
Aun así, hay interpretaciones muy inteligentes. Rufus Wright está perfecto en todos sus papeles: periodista de la BBC no deseado, el policía burlón, un reportero cómico de Der Spiegel. Todos son personajes logrados, trabajados con pericia y dichos de maravilla. Imogen Stubbs está perfecta como la bienintencionada Barbara contemporánea de The Good Life, sin demasiada idea de qué hacer, pero marcada por una sonrisa permanente y acogedora. Bayo Gbadamosi está soberbio como el joven que planta cara a la policía, y en una variedad de otros roles. Lloyd Hutchinson, Melanie Ash, Barry McCarthy y Lucian Msamati están todos muy bien dando cuerpo a una serie de personajes excéntricos.
La producción utiliza lo que denomina un Coro Comunitario, 31 voluntarios de entre 16 y 74 años. Blythe afirma en el programa que «desde luego no podría hacer» la obra sin ellos. Actúan como figurantes, a veces en silencio, en otras ululando y gritando; intimidan, rumian, sonríen y bailan. A veces hablan. Aportan a cada escena la sensación de diversidad y de multitud.
Pero, ¿seguro que no hay actores profesionales que pudieran haber hecho todo esto? Para una obra que, en el fondo, trata de las grietas en la sociedad causadas por un trato indiferente o incoherente, los salarios, las oportunidades, la justicia y las clasificaciones, ¿es realmente una buena idea tener a 31 intérpretes sin cobrar trabajando junto a 12 intérpretes remunerados? Si la obra no puede hacerse sin ellos, ¿por qué no se les puede pagar? Puede que lo disfruten o que la experiencia les haga sentirse humildes (uno de ellos lo dice en el programa), pero entonces también podría presumirse que los alborotadores y saqueadores disfrutaron de los disturbios y que sus familias se sintieron «humilladas» al ser desahuciadas cuando un familiar fue condenado y el ayuntamiento los expulsó de la vivienda. No estoy seguro de que sean experiencias especialmente deseables.
Esta inquietud persistente cobra pleno sentido en la escena final de la obra. Blythe, que se interpreta a sí misma y presumiblemente lo hace con fidelidad, regresa al barrio donde había pasado meses investigando entre la comunidad. Ha estado ausente seis meses haciendo un trabajo para la BBC. Cree que puede volver y retomar la relación con los vecinos justo donde la dejó. Cree que el resultado de un juicio será incendiario en el barrio. Y quiere estar allí para documentar las reacciones.
Solo que calcula mal por completo todos los aspectos de su regreso. El abismo entre su comprensión de la comunidad en la que pasó tanto tiempo y que observó tan intensamente y la realidad de esa comunidad es, de un modo que pone los pelos de punta, digna de los Grandes Cañones.
Pero, de forma muy clara, esa escena final encapsula a la perfección la cuestión central que la obra pretende abordar: el establishment blanco, acomodado y con derechos, que cada día toma decisiones y emite juicios sobre la vida de comunidades con menos recursos, no tiene ni idea de cómo funcionan esas comunidades, qué necesitan, ni qué piensan o sienten. La pequeña revolución tendría que ser mayor y tendría que ocurrir dentro del propio establishment, no entre sus víctimas.
Y la escena final de Blythe, valiente, hay que decirlo, muestra su complicidad en no comprenderlo.
Ian MacNeil ha transformado el espacio del Almeida en el tipo de espacio que cabría esperar en el Bush Theatre. Es extraño, improvisado y, a su manera, un poco alborotado, con el público repartido por y alrededor de los espacios de actuación, con las luces de sala casi siempre encendidas, creando una sensación de cotidianeidad corriente, de falta de presupuesto, de sordidez y de ir tirando.
El diseño de iluminación de Guy Hoare me resultó intensamente irritante. El truco de dirección/diseño consiste en hacer parpadear las luces al pasar entre escenas no relacionadas o cuando los actores asumen distintos papeles. Al principio desconcierta y después es simplemente molesto.
Al final, creo que lo que Blythe ha conseguido aquí sería más poderoso, más contundente, como drama radiofónico, con las voces auténticas de las personas reales implicadas en los disturbios aportando el drama, el interés y la emoción. Aunque es interesante ver a actores intentar reproducir el habla de personas reales, también resulta bastante inútil cuando, como aquí, ese habla es precisamente lo que pretende interpelar a la conciencia del público.
Como experiencia teatral impactante, esto no está en el radar.
Little Revolution se representa de mar 26 ago 2014 a sáb 4 oct 2014 Taquilla 020 7359 4404 o Online
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