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RESEÑA: The Knowledge, Teatro Charing Cross ✭✭✭
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sophieadnitt
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El reparto de The Knowledge. Foto: Scott Rylander The Knowledge
Charing Cross Theatre
Tres estrellas
Reservar Cuando digo que The Knowledge tarda un poco en arrancar, lo digo en más de un sentido. El primero, y más literal, es que la hora de comienzo de las siete y media llegó y pasó, y el personal del Charing Cross Theatre seguía indicando al público sus asientos con escasa sensación de urgencia. El segundo es narrativo: para una obra de duración bastante ágil, tarda mucho en ir a alguna parte.
Las escenas iniciales funcionan como tres enormes volcados de exposición para nuestros tres protagonistas: Chris (Fabien Frankel), Ted (Ben Caplan) y Gordon (James Alexandrou), tres hombres que se enfrentan al famosamente difícil examen del «Knowledge» (memorizar miles de calles de Londres de memoria) para convertirse en taxistas londinenses. En tres ocasiones el público recibe una gran cantidad de antecedentes de golpe, con los personajes diciendo cosas que sus compañeros de escena obviamente ya saben; sorprende que más frases no terminen con las palabras «que, por supuesto, ya sabes». Los pequeños detalles de la vida de cada uno se cuentan mejor cuando se cuelan en la conversación y en comentarios al pasar, no cuando se sirven con cuchara, a través de la adaptación de Simon Block del guion de Jack Rosenthal. Cuando por fin llega el drama, ya avanzado el primer acto, el material es lo bastante sólido, pero demasiado tarde, y el público llega al intermedio completamente indiferente ante lo que pueda sucederle a este grupo de personajes.
Steven Pacey y James Alexandrou en The Knowledge. Foto: Scott Rylander
Menos mal, entonces, que aparece el señor Burgess, alias «El Vampiro», el examinador más duro del Knowledge. Por cuarta vez se presenta al público un alud de información, pero el Burgess de Steven Pacey está hilarantemente chiflado y lo entrega con un showmanship real e inesperado. Por fin la cosa se pone interesante. Burgess se pavonea, posa, se acicala el bigote, adopta acentos e imitaciones, provoca y se burla de los aspirantes e improvisa diversos escenarios disparatados con aplomo. Tras encomendar a los candidatos el estudio de las calles de Londres, vuelve a su despacho, donde permanece durante buena parte de la acción: una presencia constante, ominosa, que se queda flotando. Pacey hace muchísimo por rescatar la función y es, sin discusión, su gran punto fuerte.
Steven Pacey y Louise Callaghan. Foto: Scott Rylander
En el resto del reparto, las mujeres quedan relegadas al papel de parejas, salvo una candidata testimonial al Knowledge con el discurso de rigor sobre que solo quiere hacer lo mismo que los hombres y demostrar que es capaz, pero ni siquiera llegamos a saber su nombre de pila. También hay una aparición, para echarse las manos a la cabeza, de un turista árabe que aporta muy poco más allá de una caricatura torpe.
El segundo acto retoma la acción con algo más de brío, mientras los aspirantes avanzan hacia aprobar el Knowledge y conseguir las legendarias chapas verdes que lo acreditan. Continúan sus interminables «runs», recorridos fijados por la ciudad que deben conocer de memoria (el programa deja claro, para cualquier conductor de taxi presente, que los recorridos de 1979 pueden diferir ligeramente de los de 2017). Pero aun así Burgess sigue siendo el elemento más entretenido de todo. Sus tácticas se adaptan con astucia a cada candidato, como cuando teoriza sobre la misoginia a la que, inevitablemente, se enfrentará en el trabajo la candidata Miss Stavely (la desaprovechada Louise Callaghan). Está claro que Burgess intenta probar si serán capaces de manejar situaciones reales, con toda su imprevisibilidad, fuera del despacho, y sin embargo, de manera increíble, ninguno de los demás parece darse cuenta de ello hasta que se lo explican con todas las letras.
Dirigida por Maureen Lipman, viuda del ya fallecido Rosenthal, la puesta en escena resulta bastante poco inspirada. Cumple con mover a los intérpretes por el escenario, pero nada sorprende hasta un interesante tableau al final de la primera parte. La creatividad y la imaginación que hay detrás se perciben, pero uno se pregunta dónde han estado hasta entonces. El diseño de sonido de Andrew Johnson está muy logrado y es muy nítido, aunque el uso de éxitos de los setenta quizá resulte previsible. El excelente vestuario de Jonathan Lipman nos sitúa de lleno en la época, dentro de la apropiadamente retro escenografía de Nicolai Hart-Hansen.
Alice Felgate, Fabian Frankel y Steven Pacey. Foto: Scott Rylander No cabe duda de que se trata de una producción muy oportuna, con la polémica empresa de VTC Uber como la última amenaza al mundo del taxi londinense. Pero, pese a su tema intrigante y algunas risas fáciles, la ejecución es en gran medida poco destacable. Con su final bien cerrado y una narrativa compacta, The Knowledge resulta lo bastante satisfactorio, pero es capaz de muchísimo más de lo que llega a ofrecer.
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