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RESEÑA: ¡Twang!, Teatro Union ✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña el musical de Lionel Bart Twang!, ahora en reposición en el Union Theatre, Southwark.
Twang!!
Union Theatre
13 de abril de 2018
3 estrellas
Comprar entradas Lionel Bart, compositor y letrista, creador del megaéxito del teatro musical 'Oliver!' y de canciones pop que marcaron época como el 'Livin' Doll' de Sir Cliff, fue el rey de la composición británica. 'Twang!!', con sus signos de exclamación dobles, fue el espectáculo que lo hundió: aniquiló su fortuna y destrozó su carrera, dejando tras de sí un vacío artístico y personal, antes de su muerte en un anonimato quebrado en 1999. Hay cierta fascinación morbosa en poder ir ahora a inspeccionar el lugar del accidente, aquí resucitado con un entusiasmo difícil de comprender en el Union Theatre.
Los editores y albaceas de Bart han tenido cierto éxito al relanzar los dos espectáculos que siguieron a 'Oliver!', 'Blitz!' (no me estoy inventando todas estas exclamaciones: así es como se escriben los títulos) y 'Maggie May', pero 'Twang!!' se había resistido a cualquier reposición. Hasta ahora. El espectáculo fue famoso por su caos, no menos por el hecho de no tener un libreto discernible, o al menos no el mismo libreto de una función a otra. Considerando que esto era una debilidad seria del material, el patrimonio invitó con buen criterio a presentar “propuestas” a una selección de figuras respetadas del sector para solucionarlo. No puedo decir quiénes fueron los demás aspirantes, pero sí puedo revelar que el ganador de este proceso fue Julian Woolford, actualmente director del área de Teatro Musical en una de las escuelas de arte dramático punteras del sector, la Guildford School of Acting. Woolford escribe obras y musicales, y ha contribuido a algunos de los títulos de referencia sobre cómo trabajar en este exigente género.
Sus decisiones merecen respeto. Aquí ha conservado las canciones de la partitura original —hasta donde podemos saber— y además ha encajado a martillazos no solo 'Livin' Doll' (no sé por qué), sino también una plétora de citas —algunas larguísimas— de este y aquel musical, en lo que ahora se convierte en una especie de “tu parodia de parodias”. Si este tipo de cosa te suena a tu rollo, sigue leyendo.
Casado con un torrente incesante de chistes internos del teatro musical, la mayor parte del primer “acto” de este entretenimiento también parece esforzarse por alcanzar un tipo de humor que no es tanto “bajo” como “de sótano”: recuerda bastante a las películas tardías de Carry On, con una obsesión insistente y muy, muy obvia por una guarrada torpe que evoca la vacuidad de plástico de la serie Confessions de Robin Asquith. De nuevo: si todo esto te produce un gozo terrenal, entonces, por favor, persevera. Al tambalearnos hacia el intermedio, parece aflorar una especie de “trama”, y nos resulta bastante familiar por la película de Errol Flynn. En la segunda mitad, este elemento narrativo recibe un empujón bienvenido, y el espectáculo empieza a adquirir al menos algo parecido al interés dramático. Ya era hora, dirán algunos. Sin embargo, que te recuerde una adaptación más lograda de esta historia no deja en muy buen lugar a esta.
Se ejecutan todos los movimientos habituales, de manual y nada sorprendentes, y llegamos a un desenlace de algún tipo, aunque se alarga para aportar más comodidad que velocidad con una interpretación final —y por fin completa—, arduamente conquistada, del gran tema de Sir Cliff. Por el camino, solo hay una canción de Bart que haya merecido nuestra atención: 'I've Got A Handful Of Songs To Sing You' es un número realmente precioso y, si no estuviera enterrado bajo una montaña de amaneramiento e insinuación chabacana, quizá podríamos apreciarlo como tal. Tal y como están las cosas, el libreto apenas nos da opción. En su lugar, los recordatorios constantes de otros musicales —mucho mejores— no hacen más que recordarnos, una y otra y otra vez, que lo que los hace valiosos es precisamente todo lo que aquí brilla por su ausencia. Aunque a menudo se interpretan con habilidad, los pastiches y referencias generan risas a costa de 'Twang!!' en sí, y eso suena cada vez más hueco.
Es una gran pena. Hay muchos momentos en los que te descubres pensando: “Oye, ese chiste en realidad estaba bastante bien”. Pero el problema con la caja de trucos repleta de Woolford es que no deja espacio para respirar. La dirección de Bryan Hodgson cumple obedientemente los preceptos del texto tal y como están estipulados, pero no consigue insuflar aliento de vida en este cuerpo bien conservado pero completamente inerte. Como sketch de fin de curso en una escuela de arte dramático, puede que tenga su encanto, y tengo entendido que un taller previo del libreto se realizó en la GSA bajo los propios auspicios de Woolford. Como obra por derecho propio, si alguna vez quisiste saber por qué fue un fracaso tan colosal y dañino la primera vez, esta versión ofrece pistas de sobra.
Mientras tanto, podemos admirar la vivacidad enérgica de la coreografía de Mitchell Harper y la elegante iluminación de Ben Jacobs. Justin Williams y Jonny Rust aportan otro decorado atractivo para este espacio: se están convirtiendo en expertos en cómo aprovecharlo. El vestuario de Penn O'Gara es quizá el aspecto menos imaginativo del diseño de producción: la frase temprana “Bienvenidos a los sesenta… Los 1160” insinúa de forma tentadora otra dirección que podría haberse tomado (por cierto, no es la década correcta para estos personajes, pero supongo que a nadie le importa de verdad). Por desgracia, el reparto, pese a su esfuerzo incansable, queda lastrado por telas recias y rellenos, pelucas y vestidos de época hasta el suelo, nada favorecedores. Con toda la exuberante picardía del libreto, a estos jóvenes tan trabajadores y simpáticos no se les dan oportunidades para hacer lo que el texto parece intentar: darnos una lección práctica del valor del teatro musical. Los productores posteriores de este espectáculo (si los hay, y hemos esperado 53 años para esta reposición) quizá quieran estudiar el enfoque minimalista de, por ejemplo, 'Chicago' (sin signo de exclamación; no hace falta), para darse cuenta de que en el teatro, como en la vida, menos suele ser más… mucho más.
Por último, hay que reconocer el mérito de esta aguerrida compañía, que pone corazón y alma en el proyecto. Peter Noden es un Robin agradable, Kweeva Garvey una Marian luminosa, Joe Rose gana un ritmo bienvenido a medida que avanza como Much, y Jessica Brady causa un impacto seguro como Delphina Leuves-Dick (¿lo pillas?). Christopher Hewitt es un Sheriff de Nottingham bastante a lo Victor Spinetti. Christian Lunn interpreta a Little John de forma amable, al estilo de Peter Gilmore, y Kane Verrall va con el acelerador a fondo en todo momento para inyectar una energía más que humana a Will Scarlett (y cuenta con uno de los pocos vestuarios llamativos en un espectáculo algo apagado). Stephen Patrick será recordado —si no escuchado— como el peculiar Hob of the Hill, y Victoria Nicol es una Lady Elpheba muy a lo Joan Collins. Ed Court luce con brillo en el viejo papel de Sir Guy of Gisbourne, al estilo Basil Rathbone. La inteligente cómica Francesca Pim quizá no tenga del todo suficiente que hacer como Lady Dolly, y Micah Holmes aporta diversidad en el papel de capitán de baile: ¡qué pena que solo podamos ver su gran salto en split justo al final! Louie Westwood ofrece otra relectura muy consistente de su personaje camp como Fraile Tuck; Chris Draper es siempre útil en el conjunto y James Hudson está bien como Alan-A-Dale. Probablemente la caracterización más llamativa, sin embargo, es la del descarado saqueo que hace Lewis McBean del Enrique V de Olivier para el Príncipe John, una intertextualidad interesante. De verdad que son un grupo muy atractivo.
Ah, y Henry Brennan mantiene la música avanzando por su recorrido de citas de alquiler, invirtiendo en los números —en su mayoría bastante inferiores— de Bart más cariño y atención de la que realmente merecen, y además tiene que dar un paso al frente en el último minuto como Ricardo I. A la batería está Nick Anderson y James Hudson toca la guitarra.
Nadie podría acusar a esta compañía de no intentarlo con todas sus fuerzas para que todo cobre vida. Se dice que en el primer pase previo el público estuvo de su lado y devoró encantado su dieta de suciedad y clichés. Quizá vengan más públicos así. Espero que, por su bien, así sea. Sin embargo, en la noche de prensa pocas veces he visto un teatro vaciarse tan deprisa, o tan en silencio, como aquí: era como si la gente no pudiera esperar a salir de allí. Eso no es justo para una compañía que está intentando lograr quizá lo imposible: por amor a uno de los más grandes escritores del teatro musical, recuperar —quizá por última vez— a uno de sus hijos perdidos que nunca cuajó, darle un nuevo libreto, llenarlo hasta los topes de humor cómplice y darle un gran abrazo. Puede que, al final, eso no baste para cambiar nuestra opinión sobre la obra, pero es un intento heroico y me pregunto si alguien, de verdad, podría haberlo hecho mejor, dadas las circunstancias.
Hasta el 5 de mayo de 2018. Fotos: Anton Belmonté
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