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RESEÑA: The Pass, Royal Court Theatre ✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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The Pass
Royal Court Theatre
28 de enero
3 estrellas
Cada vez queda más claro que, para que el teatro pueda competir de verdad por la atención del público en el mundo actual, no basta con preguntarse si uno consigue mantenerse despierto; la cuestión es si, por mucho que cueste la entrada, tiene sentido quedarse teniendo en cuenta todo lo demás que podría hacerse: pasar un momento por casa para ver el último episodio de Justified o The Good Wife (o ambos), leer el último tocho nominado al Booker o una novela negra que esté en boca de todos, ponerse al día con el papeleo, tener una conversación de verdad con alguien, abrir una botella de vino… lo que sea.
No hay ningún motivo para aguantar un teatro aburrido. El teatro malo a menudo puede resultar involuntariamente gracioso y hasta hipnótico. Pero el teatro aburrido… bueno, eso sí que te ennegrece el alma y te hace dudar de que merezca la pena volver al patio de butacas.
En el caso de The Pass, de John Donnelly —ahora en el Royal Court, en el Jerwood Upstairs— y dirigida por el talentoso John Tiffany, abundan los ingredientes que casi garantizan lo contrario al aburrimiento: la ingeniosa escenografía de Laura Hopkins, que te traslada al instante a una elegante habitación de hotel en Bulgaria, con una amplia ducha de cristal funcional y que, al comenzar, aparece llena de vapor y de promesas de desnudos y travesuras subidas de tono; Russell Tovey, en plena forma como Jason, saltando a la comba para entrenar con unos ajustados Calvin Klein negros; Gary Carr, también en plena forma como Ade, con una toalla o unos bóxers de Hugo Boss, compitiendo activamente con Tovey por el título a la Mejor Definición Sobre un Escenario Londinense; un título que juega con los dos elementos clave del texto: los encuentros sexuales y los mecanismos e intríngulis de la vida como futbolista profesional. Y sin embargo, con toda la elegancia y el estilo que Tiffany aporta al montaje, y pese a la calidad de las interpretaciones centrales, The Pass es tan soporífera como pocas. Cuesta creer que esté programada en el Royal Court cuando hay obras nuevas mucho mejores buscando un hogar.
Para empezar, es demasiado larga. Tiene poco que decir y lo repite una y otra vez. Como una serie de viñetas afiladas de 50 minutos (como mucho) podría haber tenido un valor real; pero con dos horas y media es el equivalente a tres semanas en el Purgatorio.
En segundo lugar, el intercambio de pullas no es lo bastante ingenioso; la sensación de amenaza y de posibilidad nace de las interpretaciones y de la dirección (en los silencios) y, aunque claramente parece querer emular a Pinter, se queda muy lejos y acaba pareciéndose a Footballers Wives: El especial gay de Pascua.
En tercer lugar, no parece tener claro qué quiere conseguir. ¿Es una obra sobre el efecto corrosivo de participar en el fútbol profesional? ¿Es una obra sobre cómo los deportistas gays tienen que ocultar su sexualidad y el precio que eso conlleva? ¿Es una obra sobre un romance que debería haber ocurrido y no ocurrió? ¿Es una obra sobre el poder y la corrupción?
El resultado es que The Pass en realidad no trata de nada. No es divertida, ni triste, ni impactante, y no aporta ninguna perspectiva sobre nada, salvo quizá sobre la monotonía implacable de las vidas vividas en hoteles.
En tres actos, traza el ascenso y la caída de Jason, una superestrella del fútbol. En el acto uno, él y Ade comparten habitación antes del partido de selección más importante de sus carreras incipientes. Jason seduce a Ade para descentrarlo y al día siguiente marca un gol que les cambia la vida para siempre. A Ade no lo eligen y termina llevando una vida feliz como albañil, encuentra a un chico al que quiere y se asienta.
Jason se casa, tiene hijos y asciende a las alturas vertiginosas del estrellato, con todos los adornos que lo acompañan. El acto dos es desconcertante: se centra en el encuentro de Jason con una provocadora bailarina de striptease que puede o no estar a punto de ganar mucho dinero vendiendo a la prensa un vídeo de sus escarceos sexuales.
En el acto tres, Jason se reencuentra con Ade tras muchos años sin contacto, supuestamente para ofrecerle un trabajo reformando la villa griega de Jason. Hay extraños juegos sexuales de pega con un recepcionista de hotel dispuesto a todo y una confusa casi-confrontación con el verdadero yo de Jason; pero la obra termina como empezó: con Jason solo, en un universo de hotel, perdido en sus propios juegos mentales.
Tovey ofrece una interpretación de primera. Se lanza al papel con cada fibra de su ser y aporta al diálogo más alegría y amenaza de la que merece. Aun así, incluso a él le cuesta hacer que el peculiar acto dos resulte interesante y verosímil. Lo mejor de todo es su capacidad para transmitir cambios de humor y pensamientos íntimos a través de silencios, gestos y miradas. Realmente es un actor excelente.
También lo es Carr, que hace mucho más con el papel de Ade de lo que sugiere el texto. Hay una intensidad emocional en todo lo que hace que atrapa. Está especialmente bien en esa ligereza necesaria para dejar que la versión de 17 años de Ade, con su identidad sexual emergente, eche a volar.
Resulta llamativo lo imposible que es conectar con Jason y Ade sin verles destacar de verdad en su deporte. Sin una sensación de su auténtica excelencia deportiva (algo que la versión teatral de Chariots of Fire comprendía perfectamente) cuesta desarrollar interés o empatía por los personajes. Aquí, sencillamente, es imposible que te importe lo más mínimo Jason o Ade.
Tiffany dirige de forma preciosa, con elegancia y con un claro sentido del propósito. La coreografía de los cambios de escena está bastante estilizada y es interesante pero, curiosamente, sugiere una promesa que el texto nunca llega a cumplir.
De hecho, entre Tiffany, Tovey y Carr se imponen al texto confuso y algo superficial de Donnelly. El trío aporta a la escritura una bravura, un estilo y una sensación de logro muy por encima de la capacidad del autor.
Ojalá estos talentos se hubieran volcado en una escritura a su altura.
The Pass no tiene nada nuevo que decir y, aun así, se anuncia como «una nueva historia ágil sobre el sexo, la fama y cuánto estás dispuesto a perder para ganar». Hamlet trata los mismos temas y es mucho más ágil. Pese al considerable talento de sus estrellas y su director, puede que más de uno decida pasar de The Pass.
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